Ley sobre Papel Prensa (papel para diarios) - Intervención de la Senadora Estenssoro
A continuación, discurso de la Senadora Estenssoro durante el tratamiento del Proyecto de Ley que regula la Producción, Distribución y Venta de papel de diarios y revistas y que la declara de Interés Público, realizada en el día de ayer:
Sra. Estenssoro. – Señora presidenta; el marco regulatorio que se quiere sancionar hoy para controlar la producción, comercialización e importación de papel de diarios, a mi entender, es una aberración legislativa y una afrenta a las garantías y derechos humanos consagrados en nuestra Constitución y en los tratados internacionales de derechos humanos a los cuales hemos adherido y que han sido incorporados a nuestra reforma constitucional de 1994. Voy a decir a qué me refiero porque, aunque ya se ha dicho anteriormente, por la importancia de este debate creo que vale la pena que sepamos a lo que nos referimos.
El artículo 14 de nuestra Constitución dice que todos los habitantes de la Nación gozan del derecho de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; también de usar y disponer de su propiedad –lo cual creo que está en riesgo en este caso– y de asociarse con fines útiles. El artículo 32 es muy específico respecto de lo que estamos tratando y dice que “el Congreso federal no dictará leyes que restrinjan la libertad de imprenta –ya ni siquiera dice ―de prensa sino ―de imprenta– o establezcan sobre ella la jurisdicción federal”. La Corte Interamericana, la Convención, el Pacto de San José de Costa Rica, del Sistema Interamericano de Derechos Humanos –que es una garantía supranacional de la cual nosotros formamos parte– dice en su artículo 13 que no se puede restringir el derecho de expresión por vías o medios indirectos tales como el abuso de controles oficiales o particulares sobre el papel para periódicos.
Pero, además, en la Declaración de Principios sobre la Libertad de Expresión de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, entre los principios que se resaltaron en el año 2000, en el Punto 12 se dice que los monopolios u oligopolios en la propiedad y control de los medios de comunicación deben estar sujetos a leyes antimonopólicas, por cuanto conspiran contra la democracia al restringir la pluralidad y diversidad que asegura el pleno ejercicio del derecho a la información de los ciudadanos, y que en ningún caso esas leyes deben ser exclusivas para los medios de comunicación. Dice también que las leyes antimonopólicas que tienen que regir para los medios de comunicación, tanto audiovisuales como escritos, no pueden ser –como esta ley– leyes específicas sino generales. Acá estaríamos violando todos los artículos que leí y este principio. En 2010 la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión, en su informe sobre la libertad de prensa en las Américas, se refirió a los problemas entre el gobierno y la prensa. Ya ha sido parte y está preocupada. En el punto 32 de ese informe –voy a agregar esto a la versión taquigráfica– dice que la existencia de un contexto de confrontación extrema en el cual se producen descalificaciones y estigmatizaciones constantes genera un clima que impide una deliberación razonable y plural sobre todos los asuntos públicos. Si bien es cierto que la tensión entre la prensa y los gobiernos es un fenómeno normal que se deriva de la natural función de la prensa y que se produce en muchos estados, también lo es que una aguda polarización cierra los espacios para debates sosegados y no ayuda ni a las autoridades ni a la prensa a cumplir mejor el papel que a cada uno corresponde en una democracia vigorosa, deliberativa y abierta. Y agrega algo importante: en estos casos es tarea del Estado, dada sus responsabilidades nacionales e internacionales, contribuir a generar un clima de mayor tolerancia y respeto por las ideas ajenas, incluso cuando las mismas le resulten ofensivas o perturbadoras.
Como lo ha reiterado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Estado debe abstenerse, en todos los casos, de utilizar cualquiera de sus facultades para premiar a los medios cercanos y castigar a quienes disienten o critican sus acciones. La legislación nacional y el Sistema Interamericano de Derechos Humanos son muy claros, no dejan lugar a dudas. Además, también queda en claro, por lo que acabo de decir, que no estamos hablando de un problema industrial o comercial de fabricación de papel, sino de la libertad de expresión, que es un derecho fundamental sin el cual −sin la libertad de prensa y de expresión− la democracia es “de papel”, vacía, porque no tiene libertad.
Esta no es la primera vez que en la Argentina, un gobierno quiere establecer controles y restricciones a la venta de papel para diarios y a la libertad de imprenta; pero, sin dudas, es el caso más sofisticado y abarcativo. El Estado quiere regular, minuciosamente, desde la forestación hasta la elaboración nacional de pasta de celulosa, desde las metas de producción nacional de papel para diarios, hasta los cupos y permisos de compra de papel nacional e importado para cada diario del país. Nada quedará sin regular ni controlar por el Ministerio de Economía, auxiliado, como se ha dicho, por una Comisión Federal Asesora de 33 miembros −de dudosa legitimidad o representatividad− y una comisión bicameral de 16 miembros, muy representativa −porque representa al Congreso de la Nación− pero que tendrá mayoría oficialista. Para todo se necesitará un permiso, una autorización y una cuota.
De aprobarse esta ley, las libertades de imprenta, de prensa y de expresión, así como también el derecho a la información, se administrarán en la Argentina desde el Ministerio de Economía. Entonces, pregunto: ¿se puede ser libre cuando uno necesita un permiso, un cupo y una autorización estatal para ejercer ese derecho?
Durante la última dictadura, la Argentina importaba la totalidad del papel para diarios que consumía. Hoy producimos el 70 por ciento. Había una oficina, en la Secretaría de Comercio, que otorgaba los permisos de importación. En esa época, algunos diarios pequeños del interior habían formado una cooperativa −una suerte de pool− para comprar en el exterior, a precios preferenciales, por volumen. Periódicamente tenían que ir −como el resto de los diarios y tal como se establece en este proyecto− a esa oficina del Ministerio de Economía a presentar su pedido ante el funcionario a cargo. El funcionario leía la lista −en la que constaban las necesidades de cada diario− y decía “A este sí” o “A este le falta un papelito”, y demoraba la entrega de papel −lo cual, obviamente, perjudicaba al diario−, todo por razones políticas. En ese sentido, me contaron personas que participaban de esas reuniones que una vez, y sin tapujos, ese funcionario dijo “A este no; no se preocupen, no necesitará más papel”. Se trataba del editor de un pequeño diario de provincia, y al poco tiempo desapareció. Los registros, permisos, cuotas y autorizaciones oficiales para la compra de papel para diarios y el funcionamiento de las imprentas −tales como los establecidos por el proyecto oficial en los artículos 1°, 2°, 10, 11, 12, 13, 14, 20, 26, 27, 28, 31, 32, 33, 40 y 41− son mecanismos tan viejos como perversos. El artículo 32 se incorpora en nuestra Constitución en el siglo XVIII −en 1860; no en 1853 sino años después− a pedido de la provincia de Buenos Aires porque, obviamente, destruir las pequeñas imprentas, que les permitían a los grupos políticos hacer oír su voz, era una práctica corriente. Durante siglos, gobiernos de todo signo −de derecha, de izquierda, de facto o elegidos por el voto popular; esto hay que decirlo, también gobiernos elegidos por el voto popular− han utilizado este tipo de medidas para perseguir a sus adversarios, acallar las críticas, domesticar a la prensa y, de a poco, imponer un discurso hegemónico, una historia oficial.
El proceso lo conocemos demasiado bien. En el siglo XX se han invocado −como sucede con esta ley− objetivos muy nobles, tales como el interés general, la soberanía nacional, los derechos del pueblo y la igualdad, para cometer los atropellos más increíbles contra la libertad de prensa, de pensamiento y de expresión. Pienso, obviamente, en el nazismo y en el fascismo, pero también en la Unión Soviética, en el macarthismo −en los Estados Unidos−, en la Década Infame −en nuestro país−, en el primer gobierno de Perón −como expresó el senador preopinante− y en el Proceso de Reorganización Nacional.
¿Queremos volver a esas épocas oscuras? Nunca pensé −fui periodista y considero muy importante el renacimiento de la prensa en los años 80 y, sobre todo, en los 90, con la aparición de Página/12 y de revistas como Noticias, que despertaron a una prensa muy domesticada por años de autoritarismo− que llegaríamos a esta situación. En ese sentido, recuerdo que, en el marco del juicio a las juntas militares, durante meses escuchamos los relatos de lo que había sucedido en nuestro país.
La prensa había estado amordazada y, por eso, los militares pudieron desarrollar su plan, ya que no había libertad de expresión ni de información. Es muy grave comenzar a restringir, tal como viene haciendo este gobierno desde hace años, las libertades por medios de censura indirecta, como los denomina la Convención Interamericana de Derechos Humanos. En el siglo XXI es muy difícil encarcelar a periodistas o exiliarlos, cerrar los diarios y demás, sin que eso genere una cuestión internacional. Entonces, se utilizan medios de censura indirecta que, por sutiles, no son menos perversos, tales como la distribución de la publicidad oficial, la asignación de licencias de radio y televisión y, también, los controles sobre el papel para diarios. Ese es el paquete de medidas que está utilizando, de una manera creciente, este gobierno. Si el gobierno realmente quisiera garantizar la producción nacional de papel para diarios y el acceso igualitario −a un precio único− de todos los medios, tiene los instrumentos legales necesarios para hacerlo. Pero no quiere.
La Argentina cuenta con una moderna Ley de Defensa de la Competencia desde 1999, que también incorporaré a la versión taquigráfica, pero los gobiernos no han querido implementarla. Se trata de la ley 25.156, que cumple con los estándares internacionales de defensa de la competencia y cuyo artículo 1° establece: “Están prohibidos y serán sancionados de conformidad con las normas de la presente ley, los actos o conductas, de cualquier forma manifestados, relacionados con la producción e intercambio de bienes o servicios, que tengan por objeto o efecto limitar, restringir, falsear o distorsionar la competencia o el acceso al mercado o que constituyan abuso de una posición dominante en un mercado, de modo que pueda resultar perjuicio para el interés económico general”.
La mencionada norma dispone, en su artículo 17, la constitución de un Tribunal Nacional de Defensa de la Competencia elegido por concurso. Las academias de Economía, de Derecho, los ministerios y el Congreso de la Nación integrarían un jurado para elegir a sus miembros. Finalmente, el concurso se hizo en 2002.
Sin embargo, a partir de 2003, el presidente Néstor Kirchner, primero, y la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, después, se resisten a integrarlo, porque tiene que ser un tribunal de defensa de la competencia autárquico. ¿Qué sucede actualmente? La Comisión Nacional de Defensa de la Competencia es una comisión asesora dependiente del secretario de Comercio que no tiene ninguna independencia, solamente responde a las órdenes del secretario de Comercio. En consecuencia, ¿cuál ha sido la actitud del gobierno? Mientras se trate de amigos permitió las fusiones, como sucedió con Cablevisión y Multicanal. Pero con los enemigos comenzaron los avasallamientos.
Hay monopolios buenos y monopolios malos en la Argentina. Cablevisión y Multicanal no eran un monopolio; actualmente sí lo son y, por ello, constituyen un peligro. Yo creo que son un peligro, pero hay otros monopolios mucho más grandes, como los de las telefónicas. Al respecto, en la Comisión de Libertad de Expresión, hace unos meses, analizamos la situación de las telefónicas ya que, por ejemplo, esas empresas conforman un oligopolio, solamente considerando la telefonía celular, de 27 mil millones de pesos. La facturación de los celulares es similar al presupuesto de la Ciudad de Buenos Aires y hay tres compañías oligopólicas que cobran en los celulares tarifas que son dos y hasta tres veces más altas que en otros países de América y de Europa. Pero no se dice que en ese caso se trate de un monopolio malo y los celulares no son un servicio público, siendo que un altísimo porcentaje de la población los utiliza y donde las tarifas más caras son las prefinanciadas, las prepagas.
Pero ese monopolio no importa porque, obviamente, hay un arreglo con Telefónica, con Telecom y con Telefé. Digo esto sabiendo que hay muchísimos medios en los que yo no aparezco y a sabiendas de que esto me puede perjudicar; de cualquier manera, no tengo ningún problema. Entonces, la lucha de este gobierno contra los monopolios es muy selectiva. Si esta ley funcionara y existiera este Tribunal no tendría que esperar a que ningún ministro o secretario le diga que actúe. Porque ante cualquier denuncia o irregularidad puede actuar y hacer un estudio verdadero del mercado, dictando las recomendaciones que corresponda. Pero esto no se ha hecho.
¿Cuál sería la solución? Porque hay problemas: nosotros tenemos una sola empresa que produce todo el papel y, además, dos de los accionistas de la empresa son los editores de los principales diarios del país. La manera de garantizar el pleno abastecimiento para todos los editores pasa por garantizar la libre importación; o sea, que Papel Prensa tenga que competir, como hace ahora, con todos los fabricantes de papel del mundo.
Hay que garantizar la libre importación automática, con arancel cero y sin ningún tipo de barrera paraarancelaria. Hay una diferencia de precios. En la actualidad el precio de Papel Prensa está a razón de 750 dólares la tonelada, mientras que el precio internacional está en 680. A veces, uno está más caro y el otro más barato, pero en este momento es más barato el extranjero. Si no, pueden comparar por volumen, si tienen que pagar al contado y, además, incluyendo el tema del flete; todo eso hace que haya una diferencia de hasta un 20 por ciento en el precio al que compran los editores más pequeños. Realmente, ha sido difícil llegar a esta cifra porque la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia no ha hecho ningún estudio sobre los precios en general ni tampoco sobre los diferentes precios a que compran y acceden los distintos editores en la Argentina. Estamos regulando a ciegas. Creando un fondo fiduciario que permita subsidiar el acceso a precios igualitarios a todos los editores del país y obligando a Papel Prensa a competir con todas las empresas del mundo, estaremos garantizando la transparencia y la competencia.
Con respecto al objetivo del autoabastecimiento nacional, cabe señalar que ese era un objetivo que se definió en los años 70 con la creación de empresas para producir pulpa de papel y papel para diarios y hubo muchísimos programas de promoción. En ese momento era un objetivo muy razonable porque el papel para diarios era un bien escaso y los medios principales eran los diarios, pero hoy existe una sobreabundancia de papel en el mundo y estamos frente a un gran cambio tecnológico: los diarios han perdido en otros países, y también en la Argentina, más del 50 por ciento de su circulación.
Entonces, embarcarse en un objetivo de autoabastecimiento es irracional y antieconómico. A efectos de que tengamos una idea de qué estamos hablando voy a aportar los siguientes datos: la producción nacional es de 175 mil toneladas y se importan otras 50 mil, por lo que el consumo total es de 225 mil toneladas. Entonces, hasta en la hipótesis de que el gobierno pagara lo que se importa, estaríamos hablando de 34 millones de dólares; es decir, 50 mil toneladas a razón de 680 dólares la tonelada. No es una cifra tan grande.
Ahora bien, ¿por qué nos vamos a embarcar en este proyecto de autoabastecimiento cuando para muchos editores es más barato y más cerca comprar en Chile? Aclaro que esto no tiene nada que ver con no creer en la soberanía productiva y económica, sino que lo cierto es que hoy el papel para diarios no es un tema estratégico. Sí lo es, como dije ayer, la soberanía energética. No hay proceso de industrialización que se pueda sostener sin soberanía energética. Este año el Estado nacional está gastando 3 mil millones…
Sr. Presidente. – La señora senadora Fellner le pide una interrupción.
Sra. Estenssoro. – En un rato se la doy.
Este año el Estado nacional está gastando 3 mil millones de dólares para importar energía, que sí es un recurso estratégico no renovable. ¿Por qué vamos a hacer todo un marco regulatorio si el Estado puede hacerse cargo, si es necesario, de 34 millones de dólares? Obviamente, el objetivo es otro: seguir poniendo esta mordaza alrededor de los pocos medios independientes y críticos que quedan en la Argentina; y cuando hablo de independientes me refiero a su independencia económica. Esto hay que decirlo: muchas veces, los escucho y les digo con respeto –no es ni para hacerlos enojar ni para descalificar–, que hay como una especie de victimización de parte de los funcionarios de gobierno, cuando hoy en nuestro país la mayoría de los medios tienen una enorme dependencia económica de la publicidad oficial. Muchos medios no podrían existir sin el financiamiento público: para que veamos cómo es el mapa de los medios, voy a decirles cómo es la situación desde que sancionamos la ley de medios.
En cuanto a los cuatro canales de aire, la situación es la siguiente: el 9 depende económicamente en su totalidad del gobierno oficial y de la pauta de publicidad oficial. Telefé tiene que ser disciplinado porque le interesa mucho más el negocio de la telefonía y que no establezcamos que es un servicio público, como debería ser y como se propone a través de distintos proyectos que hemos discutido en este Senado, pero que no hemos logrado sancionar, para que la telefonía celular sea un servicio público. El Canal 7 es el canal público. Después, C5N y CN3, que son señales de noticias, dependen de la publicidad oficial. Lo mismo ocurre dentro del universo de los medios paraoficiales, que dependen del financiamiento público. Ahí están Página/12, Electroingeniería, el Grupo de Hadad – yo no aparezco en C5N – con respecto al cual quiero decir que hace una década a mí me molestó muchísimo que Hadad se quedara, por un acuerdo con Menem, con la Radio Municipal. Pero este gobierno le dio C5N, con la obligación de que esté en la grilla. Y ahora también se han incorporado Moneta y Vila; hasta hace poco este último era el socio de De Narváez pero ahora sale a defender la política del gobierno.
Esto ya lo hemos visto en otras épocas: cuando se empieza a poner este corsé económico y regulatorio, a lo que se le suman los aprietes –que si bien no son formales ocurren en la Argentina–, la prensa se empieza a domesticar. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a lo que pasó en estos días: efectivos de la Gendarmería entrando a las oficinas de Cablevisión o estas acciones de la AFIP contra el diario La Nación, que es uno de los pocos medios que tiene autonomía económica en nuestro país. También está la editorial Perfil, que ha quedado como si fuera golpista y, en realidad, fue la que tuvo más juicios en su contra durante el gobierno de Menem por investigar la corrupción. Uno de sus fotógrafos, José Luis Cabezas, fue asesinado porque Noticias fue uno de los pocos medios –y yo trabajaba ahí– que investigaba a la mafia de Yabrán, un aliado estratégico del gobierno menemista y del peronismo que gobernaba la Argentina en ese momento. Es muy grave lo que estamos haciendo. Hoy, algunos pensarán que esto es para nuestros adversarios en esta democracia y en esta economía de amigos y de enemigos. Pero un día vienen por ellos y otro día vendrán por nosotros.
El año pasado le dimos una medalla de oro a Bob Cox, un periodista inglés radicado durante años en la Argentina que fue el editor del Buenos Aires Herald y que fue una de las pocas voces que publicaban los hábeas corpus y que escribía sobre las Madres de Plaza de Mayo cuando casi ningún diario lo hacía. Creo que él y también el diario de Río Negro difundían esa información a pesar de la censura y de los distintos aprietes de papel y de todo tipo. Y Bob Cox, en este homenaje que le hicimos el señor senador Torres –del oficialismo– y yo, dijo que incluso él defendía la posibilidad de la información y del derecho de quienes no pensaban como él. Porque ni siquiera estaba de acuerdo con los grupos armados, ni con la guerrilla. Pero él estaba defendiendo las libertades, la ley, la democracia, los derechos humanos. Y estos son valores que tienen que estar por encima de nuestra ideología.
No hay derechos humanos para los que piensan como yo, y leyes hechas a medida para perseguir a los que piensan distinto. Sin embargo, creo que esto se inscribe en una tradición latinoamericana, para lo cual quiero recordar lo que dijo un dictador latinoamericano: ―”para los amigos, todo; para los enemigos, la ley”.










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