Archivo de January de 2008

Sin atenuantes

Por editora / 31 de January de 2008

Por Norma Morandini Diputada Nacional y miembro de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados ¿Hay secuestros buenos y malos? ¿Hay cautiverios peores que otros? ¿Tiene justificación la violencia política? Tras la liberación de las rehenes colombianas, Norma Morandini publicó este artículo en el diario La Nación. Una mirada valiente y profunda, de quien sufrió la brutalidad de las desapariciones forzadas, y pregunta cómo trascender los errores y horrores de la crueldad humana


Diario LA NACION

Viernes 25 de Enero de 2008

La crueldad de la que es capaz el hombre cuando se transforma en lobo está a la vuelta de nuestra esquina histórica. Por eso, los argentinos somos en la región uno de los pueblos más entrenados en oír los relatos de terror de aquellos que sobrevivieron para contarlo. Sólo por eso, debiéramos también ser los que más eleven la voz contra la violencia, ya sea la que desde el Estado, en nombre de la seguridad, cancela los derechos, o la que se expresa en estos días en los relatos de las rehenes colombianas que, como tantos otros sobrevivientes a lo largo de la conturbada historia del siglo XX, al recuperar la libertad recuperaron también la voz para hablar del calvario. No tanto del propio, sino de los compañeros de sufrimiento que dejaron atados a los árboles.

Esa solidaridad de “los tiempos de oscuridad”, que la luz disipa cuando llegan los malabarismos de la razón, siempre dispuesta a justificar lo injustificable, lo que mal se puede entender, pero es necesario conocer, como escribió Primo Levi, paradójicamente, el más lucido sobreviviente de Auschwitz, quien hizo de su testimonio su sentencia: “Sólo el hombre puede sobrevivir al hombre”.

Si lo público consiste en que las cuestiones de los hombres aparezcan -se iluminen- en la sociedad de masas, es en la televisión donde se simula esa aparición pública. Es en la pantalla de los noticieros nuestros de cada día donde se muestra lo que hombres y mujeres somos capaces de hacer, para bien o para mal. En cambio, en la oscuridad del secuestro, el aislamiento ocupa todos los lugares. La ausencia de mensajes fortalece el poder oculto, propaga el terror que maniata e inmoviliza a la sociedad. El ausente se hace invisible, se niega a sí mismo, pero también aísla y niega a los que están del otro lado.

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La Navidad de María

Por editora / 11 de January de 2008

Inés María Correa, trabaja desde los años setenta con la infancia abandonada, tarea que también realizó junto con el Padre Carlos Mujica.

Para LA NACION. Lunes 24 de diciembre de 2007 | Publicado en la Edición impresa Noticias de Opinión:

Era un diciembre fresco. Pero como era diciembre, se respiraba un clima mezcla de euforia y melancolía, que hacía olvidar la temperatura. En una de esas tardes, ya cercanas a la Navidad, a medida que menguaba la luz del día se iban encendiendo las luces intermitentes en las calles principales, esquinas y marquesinas de la ciudad. Y en uno de los barrios más paquetes, María caminaba, junto a sus cuatro hijos, cargando un carro donde reunir la cantidad suficiente de residuos-mercancías que puedan canjearse por dinero para cubrir los magros gastos de su familia.

La familia hacía siempre el mismo recorrido porque tenía sus clientes: encargados de edificios, vecinos y kiosqueros. Uno de estos amigos era Juan. Este tenía un puesto de flores y había visto crecer a cada uno de los hijos de María: dos nenas y dos nenes. El puesto está abierto las 24 horas; por eso, el grupo familiar dejaba algunas pertenencias, mientras hacía su recorrida. Esa noche de diciembre, Juan les había guardado diarios viejos y algunas cosas que pudieran servirles para la faena urbana. María viajaba dos horas y media para empezar temprano a buscar papeles y desperdicios que pudiera vender, en una época en que, por los regalos, parecía haber más. María esperaba con eso dar algo mejor de comer a sus hijos en las fiestas.

Hacía muchos años que Juan venía tratando de conseguirle trabajo a María para que no tuviera que urgar la basura, porque se daba cuenta de que era una buena madre, que no había tenido suerte con los padres de sus hijos y que, con alguna ayudita iba a mejorar. Pero fueron vanos intentos, la joven madre no tenía con quién dejar a sus hijos.

Ya mientras bajaban del tren y empezaban a llegar al puesto a dejar algunas cosas, como casi todas las tardes de los últimos años de su vida, ese diciembre les marcaba que eran días distintos, el país había mejorado para algunos. Muchas luces, personas con paquetes y bolsas de regalo, y el obligado cálculo de cuánto podrían sacar de cada elemento.

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