Archivo de February de 2007

Acerca de los años 70 en Argentina (II)

Por Maria Eugenia Estenssoro / 7 de February de 2007

Quisiera acercarles el link y parte de la nota de Tomás Eloy Martinez publicada días atrás en el diario La Nación en la que revela declaraciones que le hiciera Juan Domingo Perón en España: “He tenido muchos discípulos en la vida. Ninguno ha llegado tan lejos como Isabel en el aprendizaje de la conducción. En cada tarea que le he encomendado ha hecho las cosas muy bien. Tiene inteligencia e instinto, y a mi lado ha ido adquiriendo una habilidad para mandar mejor que la de los políticos profesionales”.

Isabel, la mejor discípula

Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION

HIGHLAND PARK, N.J.

El sábado 28 de marzo de 1970, cuando llegaban a su fin mis cuatro días de conversaciones con Juan Domingo Perón, en los que el exiliado de 75 años me permitió grabar la historia de su vida, me atreví por fin a formularle la observación que había tenido todo el tiempo en la punta de la lengua: “¿Se da cuenta, general, de que Evita está ganándole la batalla de la historia?”. Tal como lo esperaba, Perón se encrespó. En la grabación se lo oye golpear su escritorio de la quinta 17 de Octubre, situada en las afueras de Madrid. Las tazas de café tintinean, las cucharitas vuelan por el aire. El tiempo no ha borrado el disgusto de Perón, que está todavía allí, en las cintas.

El viejo general no podía pasar por alto el desafío: “Eva fue un producto mío”, dijo con voz ronca. “Yo la preparé para que fuera lo que fue. En la mujer hay que despertar las dos fuerzas extraordinarias que son la base de su intuición: la sensibilidad y la imaginación. Cuando esos atributos se desarrollan, la mujer se convierte en un instrumento maravilloso de la voluntad del hombre. Claro, es preciso darle también un poquito de conocimiento. De otro modo, no sirve ni para los menesteres”.

(…)

Poco antes de despedirme, del viejo caudillo, aquel sábado de 1970, le pregunté, ya en entre los árboles del huerto delantero, si su esposa estaba preparada para tareas más arduas que las del exilio. “He tenido muchos discípulos en la vida”, respondió. “Ninguno ha llegado tan lejos como Isabel en el aprendizaje de la conducción. En cada tarea que le he encomendado ha hecho las cosas muy bien. Tiene inteligencia e instinto, y a mi lado ha ido adquiriendo una habilidad para mandar mejor que la de los políticos profesionales”.

(…)

Quién sabe si Isabel Perón recordaría esas historias cuando Interpol la arrestó el 12 de enero en su casa de Villaviciosa de Odón, un suburbio situado a treinta kilómetros al oeste de Madrid. Vivía allí desde 2001, resuelta a no dejarse molestar por las turbulencias del pasado. Todos los que habían compartido el poder con ella ya estaban muertos. Su paso por la política había sido una sucesión de fracasos. No se podría decir que era inocente, porque aprobó todo lo que se hacía en su nombre: las represiones, las muertes, el decreto de aniquilación. Durante los veinte meses de su desastroso gobierno -legítimo, pese a todo- hubo más de ochocientas desapariciones y unos quinientos asesinatos. López Rega contribuyó al horror de esas estadísticas, pero Isabel lo dejó hacer y protegió su poder siniestro mientras el delirio de los crímenes crecía. Es imposible saber ahora si Perón habría aprobado la amplitud de tanta barbarie. Pero está claro que sin él nada de eso habría sucedido. Perón creó los monstruos y los dejó sueltos en una Argentina confundida.

(…)

Es difícil decir si fue sólo una viuda embriagada por el poder o una crédula que no conocía sus límites. Aunque el 12 de enero estuvo detenida sólo cinco horas, negándose a que la juzguen en la Argentina, los crímenes de que la acusó un juez federal de Mendoza -la desaparición de un joven y el secuestro de un menor- son apenas guijarros de la avalancha sangrienta que se padeció durante su gobierno.

Si Isabel es responsable, no es la única. Algo del bien que le enseñaron lo aprendió mal, o quizá aprendió demasiado bien el mal que le enseñaron.

Acerca de los años 70 en Argentina

Por Maria Eugenia Estenssoro / 6 de February de 2007

Norma Morandini, diputada nacional, periodista y quien sufrió en carne propia el exilio y la desaparición de sus dos hermanos adolescentes, hace una reflexión profunda sobre los violentos setenta. “La fuerza del terrorismo de Estado sólo fue posible por la debilidad de la sociedad. Los
argentinos habían sido fragilizados por el caos del gobierno de Isabel Perón y por el terror ante la violencia, magnificada en los diarios y exagerada también, por las mismas organizaciones guerrilleras…”

Las culpas ajenas*

Por Norma Morandini

Si como sentenció el filosofo alemán Ernest Jünger, la justicia y el perdón cancelan la historia, en la Argentina del expediente, por hablar sólo de los delincuentes eludimos hablar de la Historia que explica el delito. No para exculparlo sino para entenderlo.

Dos décadas después de la restauración democrática, los argentinos seguimos desenterrando cadáveres, y las exequias tardías, o la oficialización de la memoria sigue juntando en torno a las tumbas a la gran familia del dolor, sin que los argentinos como sociedad nos hayamos confrontado con los dilemas éticos que sobreviven a las grandes tragedias. No para desencadenar un mea culpa colectivo ni para volver a enfrentarnos sino para poder restituir lo que fue violado, la convivencia democrática. Menos aún conseguimos armar la verdadera historia de la década del setenta, sin glorificarla ni demonizarla. En su lugar, se sigue confundiendo hecho con opinión, como si la mentira institucionalizada en los tiempos del terror sobreviviera en la simulación de los tiempos del marketing político y nos hubieran desorientado de tal manera que seguimos confundiendo los hechos innegables del pasado violento con su interpretación política.

Es cierto que nadie aprende de la Historia y como escribió Toynbee al final de su vida, tampoco el estudio de la historia permite concluir cómo será el futuro, pero en las dificultades del hoy bien pueden identificarse algunos vicios heredados del ayer violento. En el feroz internismo del justicialismo se puede reconocer la pelea entre la derecha y la izquierda del peronismo, entre la organización armada Montoneros y la Triple A, que llenó de muertos el país, nos puso al borde de la guerra civil y estrenó la modalidad de los desaparecidos, sin que aún se reconozcan a los presos desaparecidos del gobierno de Isabel Perón. Una presidente que sin duda tiene responsabilidad política pero cuando fue presa, ni aquí ni fuera de nuestro país, nadie levantó la voz para pedir por las condiciones de la prisión, indignas de su investidura.
Entre nosotros, como sucedió en Alemania en los primeros días de la ocupación, no se vieron en las paredes afiches con las imágenes de los campos de concentración y un dedo acusador: “Tu eres culpable”. Se argumentará, con razón que no se puede sentir culpa por lo que se ignoraba, y que el ritual de iniciación democrática fue el Juicio a las Juntas para castigar a los culpables. Pero con el mal depositado sólo en los militares, los civiles que los sustentaron políticamente rápido limpiaron sus responsabilidades bajo el manto protector de la democracia naciente.

Como en la Argentina de hoy nadie puede alegar que ignora lo que sucedió, ya podríamos sacar a la Argentina de los expedientes judiciales para impedir que se cancele la historia. La fuerza del terrorismo de Estado sólo fue posible por la debilidad de la sociedad. Los argentinos habían sido fragilizados por el caos del gobierno de Isabel Perón y por el terror ante la violencia, magnificada en los diarios y exagerada también, por las mismas organizaciones guerrilleras, especialmente Montoneros. Y aún cuando no se puede equiparar la violencia guerrillera con la descomposición de un Estado que combatió el terror con los mismos métodos que decía combatir, no se puede reducir la violencia de los setenta a la prisión de Isabel Perón.

Así, tal vez, entenderíamos que todos quedamos entrampados en aquella lógica de exterminio que hoy sabemos equivocada, pero no invalida la generosa donación de toda una generación que se subordinó al bien común para hacer de nuestro país un lugar de justicia. Somos todos herederos de ese sacrificio. Pero también el martirio con el que se los castigó nos pertenece como un incómodo legado. Una impronta de dolor que por no reconocerla se traduce en una cultura de la victimización, como si el mundo estuviera contra nosotros. Y ahí está Isabel, lista para cargar con las culpas propias y las ajenas que al crucificarla eludirán la responsabilidad de tantos y tantas en ese desvarío de todos contra todos que fueron los violentos años setenta, e hicieron de nuestro país el reino de la desconfianza.

* Esta nota fue publicada por la revista Veintitres.