Acerca de los años 70 en Argentina (II)
Quisiera acercarles el link y parte de la nota de Tomás Eloy Martinez publicada días atrás en el diario La Nación en la que revela declaraciones que le hiciera Juan Domingo Perón en España: “He tenido muchos discípulos en la vida. Ninguno ha llegado tan lejos como Isabel en el aprendizaje de la conducción. En cada tarea que le he encomendado ha hecho las cosas muy bien. Tiene inteligencia e instinto, y a mi lado ha ido adquiriendo una habilidad para mandar mejor que la de los políticos profesionales”.
Isabel, la mejor discípula
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK, N.J.
El sábado 28 de marzo de 1970, cuando llegaban a su fin mis cuatro días de conversaciones con Juan Domingo Perón, en los que el exiliado de 75 años me permitió grabar la historia de su vida, me atreví por fin a formularle la observación que había tenido todo el tiempo en la punta de la lengua: “¿Se da cuenta, general, de que Evita está ganándole la batalla de la historia?”. Tal como lo esperaba, Perón se encrespó. En la grabación se lo oye golpear su escritorio de la quinta 17 de Octubre, situada en las afueras de Madrid. Las tazas de café tintinean, las cucharitas vuelan por el aire. El tiempo no ha borrado el disgusto de Perón, que está todavía allí, en las cintas.
El viejo general no podía pasar por alto el desafío: “Eva fue un producto mío”, dijo con voz ronca. “Yo la preparé para que fuera lo que fue. En la mujer hay que despertar las dos fuerzas extraordinarias que son la base de su intuición: la sensibilidad y la imaginación. Cuando esos atributos se desarrollan, la mujer se convierte en un instrumento maravilloso de la voluntad del hombre. Claro, es preciso darle también un poquito de conocimiento. De otro modo, no sirve ni para los menesteres”.
(…)
Poco antes de despedirme, del viejo caudillo, aquel sábado de 1970, le pregunté, ya en entre los árboles del huerto delantero, si su esposa estaba preparada para tareas más arduas que las del exilio. “He tenido muchos discípulos en la vida”, respondió. “Ninguno ha llegado tan lejos como Isabel en el aprendizaje de la conducción. En cada tarea que le he encomendado ha hecho las cosas muy bien. Tiene inteligencia e instinto, y a mi lado ha ido adquiriendo una habilidad para mandar mejor que la de los políticos profesionales”.
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Quién sabe si Isabel Perón recordaría esas historias cuando Interpol la arrestó el 12 de enero en su casa de Villaviciosa de Odón, un suburbio situado a treinta kilómetros al oeste de Madrid. Vivía allí desde 2001, resuelta a no dejarse molestar por las turbulencias del pasado. Todos los que habían compartido el poder con ella ya estaban muertos. Su paso por la política había sido una sucesión de fracasos. No se podría decir que era inocente, porque aprobó todo lo que se hacía en su nombre: las represiones, las muertes, el decreto de aniquilación. Durante los veinte meses de su desastroso gobierno -legítimo, pese a todo- hubo más de ochocientas desapariciones y unos quinientos asesinatos. López Rega contribuyó al horror de esas estadísticas, pero Isabel lo dejó hacer y protegió su poder siniestro mientras el delirio de los crímenes crecía. Es imposible saber ahora si Perón habría aprobado la amplitud de tanta barbarie. Pero está claro que sin él nada de eso habría sucedido. Perón creó los monstruos y los dejó sueltos en una Argentina confundida.
(…)
Es difícil decir si fue sólo una viuda embriagada por el poder o una crédula que no conocía sus límites. Aunque el 12 de enero estuvo detenida sólo cinco horas, negándose a que la juzguen en la Argentina, los crímenes de que la acusó un juez federal de Mendoza -la desaparición de un joven y el secuestro de un menor- son apenas guijarros de la avalancha sangrienta que se padeció durante su gobierno.
Si Isabel es responsable, no es la única. Algo del bien que le enseñaron lo aprendió mal, o quizá aprendió demasiado bien el mal que le enseñaron.
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