La ética de los negocios / La Nación

Agosto de 2004

Como padres siempre queremos lo mejor para nuestros hijos. Les enseñamos a ser buenos, a no pelear con sus hermanos y compañeros; los alentamos a saber ganar, pero también a saber perder; les decimos que tienen que ser solidarios y decir la verdad. Como emprendedores y empresarios, ¿utilizamos esa misma escala de valores? ¿O tenemos una doble moral, una para la casa y otra para la vida real?

Cuando la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa realizó una encuesta entre sus miembros jóvenes, inquiriendo si en su trabajo habían tenido que ver, tolerar o realizar acciones reñidas con su moral, la gran mayoría respondió que sí.

La doble moral hace daño a todos: a nuestros hijos, a la sociedad, a la política, y también a la economía y las empresas.

La década de los ‘90, con sus excesos mercantilistas y sus escándalos económicos dejó muy duras enseñanzas: los balances de las corporaciones que cotizan en Wall Street dejaron de ser confiables; las inversiones y adquisiciones que entusiasmaron a los “mercados emergentes” nos dejaron en emergencia total, más pobres que nunca. El lema “la misión principal de una empresa es maximizar las ganancias de los accionistas” destruyó muchas compañías, creó legiones de desempleados y generó una brecha insalvable entre ricos y pobres.

En Estados Unidos, empresas como Ford están implementando programas de “Ética y negocios”, en los que sus ejecutivos reflexionan y hablan del rol social y moral del empresario, el bien, el mal, la honestidad. En la Argentina, muchos empresarios e instituciones cómo están haciendo lo mismo.

Estamos comprendiendo que, si queremos que el mundo sea como el que le enseñamos a nuestros hijos, somos nosotros, los adultos, quienes en nuestro rol como empresarios, políticos, profesionales, jefes o trabajadores, tenemos que empezar a practicar los principios de honestidad, verdad, solidaridad y compromiso con el prójimo que predicamos en nuestros hogares.

Tal vez muchos de ustedes dirán que esto suena ingenuo o simplista. Yo estoy convencida que la solución no es más complicada. Pero hay que tener valor para tener valores.

Por María Eugenia Estenssoro, legisladora y cofundadora de Endeavor Argentina. Publicado en el “Manual del emprendedor”, en conjunto con el diario La Nación y la Fundación Endeavor.