Sudáfrica, un espejo en el que mirarnos / Diario Perfil

22 de octubre de 2006

Ocurre a nivel personal, pero también en las mejores (¿existirán?) y peores familias; en todas las razas, religiones y clases sociales. Lo mismo sucede en una pequeña comunidad o una nación. Las personas y sociedades que no analizan su historia conflictiva y limpian su conciencia, tropiezan una y otra vez, sin poder crecer ni cambiar. A este proceso de elaboración y curación interna, en inglés se lo llama healing, sanación. Esta fue una de las palabras que más repitieron las ministras, parlamentarios, intelectuales, defensores de derechos humanos y gente común con quienes hablamos en nuestra peregrinación al país de Nelson Mandela.

Y digo peregrinación porque ese fue el espíritu con que viajamos las diputadas Elsa Quiroz, Elisa Carrió y yo a Sudáfrica, una nación que hace sólo 15 años era la tierra del odio, el racismo y la violencia más atroz, pero que hoy, a pesar de sus grandes desafíos económicos y sociales, es un lugar de optimismo y esperanza.

“Lo que ha ocurrido aquí es un milagro, antes teníamos prohibido caminar por la calle, nos trataban peor que a la basura,” me dijo Sydney, el chofer que nos llevó a recorrer Soweto, el gigantesco gueto en las afueras de Johannesburgo donde eran confinados los negros durante el régimen apartheid, basado en la supremacía blanca y el “apartamiento”, (de allí su nombre), de la mayoría negra. Frente a la casita de dos ambientes, hoy transformada en museo, donde vivió Mandela, Sydney dijo emocionado. “He is the best, él es el mejor. Hoy tenemos derechos.”

Lemao Motaung es una joven negra, que proviene de un hogar rural muy humilde. Hoy tiene una empresa proveedora de tecnología para distribución eléctrica a nivel municipal. Cuando le preguntamos si la integración racial está ocurriendo, dice: “Mis hijos van a una escuela privada, pero no sé si está bien lo que hago.” Se le quiebra la voz, como si sintiera culpa de ingresar a un mundo que hasta hace poco tenía prohibido. “Los chicos blancos vienen a casa para los cumpleaños. Es que fue tan duro…,” agrega con lágrimas en los ojos, recordando los años de sufrimiento y discriminación. “El otro día mi hijo me preguntó, Mamá, ¿qué es el apartheid? Ellos ya no saben.”

¿Es posible reconciliar a una sociedad donde el 90% de la población, por tener la piel de color oscuro padeció 300 años de colonialismo europeo, desvalorización cultural, esclavitud, opresión racial y económica, supresión de derechos y la persecución de un régimen filo-nazi que duró medio siglo, hasta las elecciones libres de 1994?

Nuestra anfitriona, la ministra de Relaciones Exteriores Nkosazana Dlamini Zuma, quien militó durante dos décadas de exilio en el movimiento de liberación conducido por el Congreso Nacional Africano (ANC), hoy convertido en partido gobernante, nos explicó: “Cuando asumimos, la gente temía que hubiera una guerra civil, pero nosotros encaramos un gobierno de unidad nacional, donde la reconciliación y la construcción de una nueva nación fueron el objetivo central.”

La coalición que gobierna Sudáfrica desde hace 12 años, liderada por el mayoritario ANC, está integrada por gran parte del espectro político: desde el Partido Comunista y los sindicatos, hasta ex líderes del Partido Nacional responsable del apartheid. “Conformar esta coalición fue parte del proceso de reconciliación,” señaló Dlamni Zuma durante un desayuno en la residencia presidencial. “Como gobierno nosotros teníamos que cuidar a las mayorías, pero también a las minorías,” dijo la ministra.

Durante el viaje nos asombró ver cómo los lugares más exquisitos reservados al poder blanco, como son el hermoso Palacio de Gobierno y el barrio oficial donde viven el presidente y sus ministros, situado en el corazón de Pretoria, con hermosos jardines y grandes casonas de estilo inglés, ahora son utilizados con naturalidad por el gobierno de la mayoría negra. En 15 años Sudáfrica vivió una verdadera revolución, pero fue una revolución pacífica.

El embajador Mbulelo Rakwena, director jefe para Latinoamérica y el Caribe de la Cancillería, subrayó “la importancia del liderazgo de Mandela” para apaciguar los ánimos y evitar más enfrentamientos. Recuerda que hubo un momento en que la paz corrió serios peligros, cuando Chris Hani, el líder del partido comunista, muy querido por la juventud negra, fue asesinado por un extremista de derecha. “Era evidentemente una provocación,” explica. “Mandela habló inmediatamente por televisión y pidió a todos, negros y blancos, que mantuvieran la calma y la unidad. Señaló que si bien un hombre blanco había matado a Hani, una mujer blanca había arriesgado su vida brindando a la policía la identidad del asesino.”

La visión integradora de Madabi, como llaman cariñosamente al ex presidente, considerado el Gandhi contemporáneo, se expresó durante su presidencia en hechos muy contundentes. Mandela sorprendió a todos eligiendo como vicepresidente a Frederik de Klerk, el presidente saliente del Partido Nacionalista. Al asumir, en la ceremonia inaugural, ubicó a su lado a dos guardiacárceles con quienes había entablado una profunda amistad durante los últimos años de los 27 que pasó en confinamiento. En su biografía escribió: “Cuando salí de prisión sabía que mi misión era liberar tanto a los oprimidos como a los opresores.”

La palabra reconciliación, tan importante en los procesos de paz, en Argentina tiene connotaciones muy negativas porque se asimila a impunidad. Es que la dictadura militar y los grupos que aún hoy la reivindican siempre exigieron una amnistía general que pusiera un manto de olvido sobre las atrocidades cometidas por la represión ilegal y el accionar clandestino del Estado.

Frente a la disyuntiva de qué hacer con los crímenes del pasado, Sudáfrica eligió una postura intermedia: ni una amnistía general que garantizara la impunidad como la decretada por el general Pinochet, ni un Nuremberg que mantuviera juicios abiertos durante décadas. Su camino se basó en conocer toda la verdad, tanto los crímenes cometidos por los opresores como por los grupos armados que lucharon por la libertad; la posibilidad de otorgar una amnistía individual y personalizada a quienes confesaran ante la Truth and Reconciliation Comission o TRC; el procesamiento legal de quienes ocultaran la verdad; y la reparación a las víctimas.

“Nosotros pusimos el acento en la verdad y la reconciliación. Decidimos conocer toda la historia, los crímenes cometidos por los represores, pero también por algunos miembros de los grupos armados, incluso del actual partido gobernante. La amnistía fue parte de las negociaciones de paz. Pero no aceptamos una amnistía barata como querían las cúpulas blancas. Ellos decían: Hay que dar vuelta la página. Pero para dar vuelta la página, primero hay que escribirla y saber lo qué dice,” explicó Alex Boraine, ex vicepresidente y artífice intelectual de la TRC.

Las sesiones de la Comisión fueron televisadas, a diferencia de lo que ocurrió aquí con la CONADEP y el Juicio a las Juntas. Y tuvieron un efecto catártico sobre la población porque permitieron desnudar la verdad que la propaganda del régimen apartheid había negado durante años.

“Escuchar las confesiones y verlas por televisión fue algo muy doloroso, pero a la vez sanador.” dice Boraine. “Los torturadores, a pedido de sus víctimas, tuvieron que mostrar lo que hacían. La verdad triunfó sobre la mentira y restauró la dignidad de las personas. Muchos jóvenes oficiales pidieron perdón. Muchos familiares de víctimas perdonaron. Sudáfrica no sólo era una sociedad lastimada, también estaba enferma, necesitaba sanar.”

Algo que no lográbamos comprender, era cómo el ANC aceptó someter a quienes lucharon por la libertad al escrutinio de la TRC, en paridad con los represores. En la sede central del partido, en Pretoria, obtuvimos la respuesta. Nos explicaron que el partido había creado anteriormente su propia comisión de verdad para investigar acusaciones de violaciones de derechos humanos cometidos entre sus filas, como ajusticiamientos, envenenamientos y torturas. “Nosotros siempre sostuvimos que una causa legítima no puede utilizar métodos ilegítimos,” explicó un dirigente. “Nuestros luchadores se habían comprometido por escrito a respetar la Convención de Ginebra.” Los informes elaborados fueron entregados a la TRC y aún se pueden ver por internet.

Otro integrante admitió que este tema había suscitado gran discusión en el partido: “Pero decidimos que teníamos que hacerlo pensando en la conveniencia de Sudáfrica y no sólo del ANC.”

Verdad, confesión, arrepentimiento, perdón, compasión. Valores habitualmente más ligados a la religión que a la política. ¿Por qué Sudáfrica utilizó un marco conceptual y un lenguaje más espiritual que jurídico? ¿Fue la influencia de Mandela? ¿Del arzobispo Tutu? Todos nuestros interlocutores nos aseguraron que la explicación hay que encontrarla en un importantísimo valor de la cosmovisión africana que hasta figura en la Constitución temporaria de 1993: el ubunthu.

La cultura africana pone énfasis en la comunidad y no en el individuo. La persona es persona a través del otro, del prójimo. “Yo soy humano porque tu eres humano”, nos decían, para explicar el sgnificado del ubunthu. Cuando alguien daña a otro, se rompe la unidad, y ambos, tanto el victimario como la víctima se deshumanizan; y también sufre la comunidad toda. Sanar las heridas y restaurar la unidad perdida es esencial para la sociedad.

El proceso de reconciliación sudafricano todavía no ha terminado, y aún tiene importantes asignaturas pendientes. De las aproximadamente 2000 recomendaciones de procesamiento judicial emitidas por la TRC, la Justicia sólo avanzó con 6 juicios y condenas. Por otro lado, la mayoría de los líderes del apartheid no se presentaron ante la TRC. “La sociedad se reconcilió, miles de soldados confesaron, pero las elites, quienes idearon el sistema, no han reconocido sus crímenes,” dijeron varios representantes de organismos de derechos humanos. Ellos exigen que los tribunales actúen como establece la ley, y miran con interés la reapertura de las causas judiciales en Argentina.

Nancy Burton es argentina. De familia inglesa, nació, creció y estudió en Buenos Aires. Tras casarse con un sudafricano en los años 50, su impecable conciencia cívica la llevó a transgredir los valores de su clase social e incorporarse al Black Sash (Faja Negra), una agrupación de mujeres liberales que llevaban una faja negra expresando su luto por la falta de derechos cívicos para la mayoría de los africanos. Los informes que presentaban a las embajadas y organismos internacionales fueron una gran ayuda para el movimiento de liberación. Nancy fue miembro de la TRC, y aún espera que los perpetradores que no confesaron sus delitos sean juzgados. “Yo estoy dispuesta a perdonar, pero para perdonar, es preciso saber qué y a quién.”

Sudáfrica nos dejó algunas reflexiones. Es indudable que allá el proceso de reconciliación fue posible gracias a la actitud valiente y generosa de Nelson Mandela, que comprendió que su tarea no era representar a una de las partes en conflicto, ni siquiera a la suya, sino a todos, enfatizando el valor de la integración y la integridad.
“En la Argentina estamos más avanzados en términos de herramientas judiciales, pero falla la actitud. Unos piden reconciliación con impunidad; y otros usan la justicia como revancha. Por eso la sociedad sigue dividida,” explica Carrió.

Personalmente tengo que confesar que durante muchos años fui de las personas que creyó que las Fuerzas Armadas iban a sacarnos de la violencia en que los secuestros y atentados terroristas habían sumido al país durante el gobierno constitucional de Domingo e Isabel Perón. Mientras estudiaba en Estados Unidos y Francia me costaba aceptar las denuncias de campos de concentración, torturas y desapariciones. “¿Cómo va a funcionar un campo de concentración en la ESMA, si por ahí pasan miles de personas todo el tiempo?,” argumentaba ante mis compañeros de universidad. Hasta que comprendí que las denuncias eran ciertas. Fue un desengaño terrible, como el de Malvinas. Aún siento culpa por no haber admitido el horror mucho antes.

Es importante señalar, y digo ésto con un espíritu conciliador, no de reproche, que en todos estos años no se ha querido revisar el accionar de los grupos armados ni sus violaciones a los derechos humanos. Nada justifica la represión ilegal y ni un Estado terrorista, pero es hora de que admitamos que el deseo de matar y aniquilar al enemigo no fue patrimonio de un grupo, sino de varios, y que esto nos llevó como sociedad a un genocidio y una tragedia que aún no hemos superado.

El año pasado se comenzaron a oir algunas voces autocríticas en Córdoba. Allí la revista electrónica La Intemperie publicó un reportaje a un militante del Ejercito Guerrillero del Pueblo, Héctor Jouvé, donde contaba el ajusticiamiento de dos compañeros. Recomiendo la carta que poco después escribió, bajo el título No Matarás, el filósofo y ex simpatizante de la lucha armada, Oscar del Barco. En ella se arrepiente abiertamente de haber creído que era legítimo matar a enemigos políticos y fusilar compañeros.

¿Cómo sanar el pasado? ¿Cómo no legarles esta herencia de odios y resentimientos a nuestros hijos, como lamentablemente ya está ocurriendo? La verdad y la justicia tienen un rol fundamental. Pero como enseña el caso sudafricano, también será necesario que todos, como sociedad, revisemos con más honestidad nuestras creencias, acciones y actitudes pasadas. Sólo así podremos restaurar la unidad quebrada, sólo así podremos reestablecer nuestro propio ubunthu, es decir, la integridad de los argentinos.