“Los políticos no hacemos bien nuestro trabajo” / Diario Perfil

Por Magdalena Ruiz Guiñazú

Como legisladora presentó numerosos proyectos. Es candidata a senadora porteña por la Coalición Cívica de Elisa Carrió. Practica yoga y meditación. Se considera una mujer de fe. Cree que el país está en condiciones de erradicar la pobreza. Y le preocupa la inseguridad.

CUARENTA Y NUEVE de edad y treinta de formación académica, sobre todo en lo que hace al desarrollo cívico: es lo que sostiene con espíritu crítico.

Legisladora de la Ciudad de Buenos Aires por el Bloque Unión por Todos de Patricia Bullrich, durante estos últimos cuatro años, María Eugenia Estenssoro tiene fama de mujer infatigable. Más de treinta proyectos legislativos llevan su firma y en este último tramo, antes de las elecciones presidenciales, defiende paso a paso su candidatura a senadora por la Capital dentro de la Coalición Cívica de Elisa Carrió.

 

—Es como la lucha entre David y Goliat…–comenta, risueña.

—¿Por qué asocia este momento con esa historia bíblica?

—Mire, con Rubén Giustiniani y otros dirigentes del socialismo y de la Coalición hemos estado usando esta metáfora de David y el gigante Goliat por la asimetría de recursos que significan los 130 millones que todos los contribuyentes hemos aportado a la campaña de Cristina (querramos votarla o no), contra los dos o tres millones que, en total, hemos usado en la Coalición Cívica para toda la campaña presidencial. Es tal la asimetría de condiciones, repito, que parece imposible vencer a la candidata por el oficialismo. Sin embargo, hay oportunidades en las que los milagros ocurren. Justamente esta mañana, estaba leyendo en el Antiguo Testamento la historia de David y Goliat. No la conocía integralmente. Es muy linda: el pueblo de Israel era atacado por los filisteos; uno de los cuales, el gigante Goliat de tres metros de altura y una pesadísima armadura de bronce, desafiaba al ejército de Israel diciendo que si un hombre lo vencía en combate, ellos, los filisteos, se convertirían en sus esclavos. En caso contrario, de resultar vencedor, esto significaría para los israelíes una esclavitud sin fin. Durante cuarenta días, Goliat proclamó este desafío sin que nadie se animara a enfrentarlo hasta que un pastor adolescente de nombre David, que por orden de su padre llevaba panecillos y quesos a sus hermanos soldados del ejército, escuchó el desafío de Goliat. “¿Quién osa maltratar de esta manera al ejército de Dios?”, se pregunta entonces David, ofreciéndose para enfrentar al gigante. El propio rey Saúl intenta disuadirlo diciéndole que es sólo un niño y Goliat un guerrero profesional. “Cuidando las ovejas de mi padre he luchado contra leones y osos para defenderlas”, contesta David. “Y si Dios, mi padre, me ha defendido de las garras de las fieras, ¡seguramente me defenderá frente al gigante Goliat!” La fe de David era inquebrantable, pero ni siquiera podía soportar el peso de la armadura. Fue entonces cuando, solamente con cinco pequeñas piedras que tomó del lecho de un río y una honda en la mano, le hizo frente a Goliat que se burló de él. “Mi Dios no necesita ni lanzas ni espadas”, explicó David y le lanzó, con su honda, la pequeña piedra que golpeó la frente del gigante, derribándolo. David le quitó entonces su espada y lo degolló.

—La historia es pintoresca…También, un claro desafío…

—Los que estamos en la Coalición Cívica, no solamente los candidatos sino una enorme cantidad de ciudadanos, pensamos, por eso mismo, que seis de cada diez argentinos no quieren este sistema hegemónico en el que estamos viviendo. Pero si no tuviéramos una fe inquebrantable en el concepto de que el bien puede triunfar, no estaríamos tan serenos. Conozco la Argentina porque la he recorrido muchas veces, no solamente como política sino por la Fundación Equidad en la que capacitamos maestros y equipamos las escuelas con computadoras. Y le aseguro que he visto tanta gente sana, trabajadora y solidaria tomando de su bolsillo para ayudar al que está peor, que creo que esa Argentina se merece otra cosa y, en algún momento, va a tener su genuina representación. Esto es posible. Mucha gente se nos acerca porque hay un país que está preparado para pedir otra cosa. Una ciudadanía que así lo desea. Por eso tenemos la obligación de prepararnos. Esta es la decisión que hemos tomado hace ya dos años y luchamos por ella. Elisa Carrió ha hecho un cambio enorme preparándose para gobernar y formando equipos para ampliar su base de sustento político y para ofrecer a la ciudadanía una opción diferente con gobernabilidad, inteligencia y honestidad.

—Y usted, claro, es una persona de fe…

María Eugenia tiene una mirada muy seria:

—Absolutamente. Voy a cumplir 50 años y hasta los 30 puse, quizás, un acento más fuerte en la formación académica, en lo profesional, porque pensaba que eran las bases para mi desarrollo cívico. Recuerdo también que en aquellos años en los que yo era corresponsal de la revista Time, tuve una conversación muy importante con un sacerdote, el padre Rafael Braun. No era un momento feliz para mí. Lo estaba pasando bastante mal y me sentía muy insegura. Tomé conciencia entonces de que tenía que concentrarme en ser exitosa pero como ser humano. El éxito profesional no es lo importante. Lo fundamental es cómo cada uno se siente en su interior. Y para mí la espiritualidad tiene que ver con eso. No con un Dios lejano sino con un Dios que está dentro nuestro, lo que nos permite ser mejores y vivir con mayor paz y felicidad. Debo decir que, en estos últimos 20 años, le he dedicado una parte importante de tiempo a estudiar, leer y meditar, buscando justamente ese tipo de crecimiento interior que yo había descuidado bastante.

—Usted le dijo a la revista “Noticias” que se sentía muy cerca del hinduismo…

—Me gustan mucho el yoga y la meditación. Los practico tres veces por semana. En cuanto me despierto, también medito. Soy sincrética. Una mezcla donde me reconozco como cristiana aunque me gusta el budismo. Leo mucho a Krishnamurti. Me parece un autor muy impresionante. Hace ya mucho tiempo dijo que la revolución que el mundo espera para mejorar la sociedad es aquella que ocurre en el corazón del hombre. Allí podremos ver por qué la codicia, las ansias desenfrenadas por el éxito, la angustia que nos golpea a todos en algún momento. Por qué los celos. Y allí es donde comienza la guerra. Hace ya muchos años Krishnamurti decía “tenemos los aviones, satélites, toda la tecnología pero el ser humano sigue siendo tribal y primitivo en sus emociones y reacciones”. Y el mundo es así: vivimos en la abundancia tecnológica, disfrutamos de la capacidad de producir alimentos y todo tipo de cosas, y sin embargo nunca ha habido tanta desigualdad y tanta desesperanza. Porque no sólo hay desesperanza en la Argentina. El mundo vive en la incertidumbre y en la desigualdad y esto nos muestra claramente que lo material y la tecnología que idolatramos no son la solución. Son solamente remiendos y si no cambiamos los valores que sustentan nuestras vidas, no habrá sistema político ni tecnológico ni económico que nos brinde la paz y la convivencia que estamos buscando.

—Usted tiene fama de ser una legisladora con un fuerte ritmo de trabajo. Lo que recordábamos recién: más de 30 proyectos presentados…

—Bueno, a veces se premia a quienes más proyectos presentan pero creo que tenemos que darnos cuenta de que las legislaturas y los Parlamentos no son fábricas de leyes. Por ejemplo, otra legisladora como Norma Morandini dice que si los 252 diputados de la Nación presentaran diez proyectos cada uno, ¡por año resultarían 2.500! También es cierto que en la Legislatura porteña aprobamos alrededor de 3.000 o 4.000 proyectos por año, pero la mayoría consiste en cambiar el nombre de un cantero o nombrar ciudadanos ilustres. Esto es sólo el 30% del trabajo que hacemos. Yo no apruebo ni apoyo esos proyectos porque me parece que desvirtúan nuestra tarea y esto hace que las cosas importantes no se discutan. Por ejemplo, no se discute la Coparticipación Federal. Hay que volver a tratarla. No tenemos una nueva Ley de Radiodifusión. ¡Seguimos con la que promulgó la dictadura de Videla! Los ejemplos son muchos. Repito que los temas importantes no se discuten porque nos entretenemos con un montón de leyes que no son necesarias. Volviendo al tema, me parece, entonces, que medir a los legisladores por la cantidad de leyes que presentan no es una vara ni justa ni conveniente. ¡En muchos casos, bastaría con hacer cumplir las leyes!

—¿Cuáles serían sus prioridades si usted ganara la senaduría por la Capital?

—En primer término diría que deseo mucho colaborar para que les saquemos la mordaza al Senado, al Congreso. El Poder Legislativo se ha desvalorizado mucho y siempre he pensado que, de los tres poderes, es el más importante porque es realmente allí donde los ciudadanos deliberan y gobiernan a través de sus representantes. ¡Cómo será de importante que el Poder Legislativo puede, incluso, destituir a un presidente! También a un juez. Es como el último recurso de una democracia con representación popular. Pero también nosotros debemos tenerlo muy claro: si los diputados y senadores no están dispuestos a enfrentar al Poder Ejecutivo o a defender los intereses de su distrito, de su provincia, están desvirtuando totalmente el rol para el que han sido elegidos. En segundo término, creo que tenemos que reabrir el diálogo. Por ejemplo en el tema de la energía que, en nuestro país, es un tema grave. De ser un país exportador hemos pasado a convertirnos en un país importador en un momento en el que los hidrocarburos son carísimos y escasos en el mundo. Tenemos que pensar en un plan a largo plazo para recuperar esa capacidad nuestra de autoabastecimiento que se ha perdido. Es importante recordar que, en energía, las inversiones se hacen a largo plazo. Es fundamental entonces encontrar consensos. Que el Poder Ejecutivo presente propuestas pero discutidas con honestidad en el Parlamento. Y éste es un hábito que es necesario afianzar.

—Usted dijo, en una oportunidad, que los gobiernos democráticos han sido fundacionales…

—Sí. Y esto no es bueno porque creo que siempre tiene que existir la posibilidad de explorar cuánto de bueno ha podido realizar el gobierno precedente y, una vez en el gobierno, no dejar de dialogar con las demás fuerzas políticas. A través de la discusión, siempre podemos mejorar nuestras propias ideas. En los próximos años me gustaría realmente contribuir a que una verdadera discusión política en el Congreso se convierta en una práctica habitual.

—También han señalado ustedes en la Coalición la urgencia de medidas referidas a la niñez.

—El Ingreso Ciudadano a la Niñez es para nosotros un tema fundamental. Es un proyecto que el ARI ya ha presentado en Diputados y tenemos que lograr que se apruebe. La Argentina tiene hoy niveles de pobreza estructural similares a Brasil y México. ¡Es increíble que esto nos ocurra después de veinticinco años de democracia! Quiere decir que los políticos no estamos cumpliendo bien con nuestro trabajo. La Argentina fue un país de clase media con una pobreza controlada. Hoy estos niveles son semejantes a los de países con pobreza estructural muy seria. Por eso mismo, queremos garantizar que todos los niños argentinos, desde que nacen hasta los 18 años, tengan un ingreso, un salario mensual de aproximadamente 150 pesos. Esto incluirá a todas las clases sociales para evitar la discrecionalidad en los repartos. Ningún chico debe tener hambre que le impida estudiar y tener un buen desarrollo cerebral.

—Parece un proyecto magnífico pero ¿cómo se financia?

—Con los mismos planes Jefes y Jefas de Hogar por una parte y, por otra, con todos los ingresos (que no son coparticipables) de retenciones, de superávit en la recaudación cuando se produce una mayor actividad económica; en fin, todos los impuestos que hoy van al Poder Ejecutivo y se usan para favorecer o castigar a los gobernadores y que se emplean de manera muy discrecional. Todos van a entrar, como dice Alfonso de Prat-Gay, en una coparticipación. Van a ser 26 provincias: las 24 existentes más la Provincia de los Niños y la Provincia de los Ancianos. Nuestra idea es ir transformando los planes sociales que hoy entregan discrecionalmente tanto el Ejecutivo como los gobernadores y los intendentes en planes universales para todos. Esto va a constituir un gran cambio y un motivo de tranquilidad para ancianos, padres y niños. Es fundamental que los abuelos puedan acceder a satisfacer situaciones básicas. Si logramos ganar el gobierno, éste va a ser un trabajo de enorme importancia y, como senadora, creo que tenemos que ir a una transformación de los planes sociales que no están funcionando adecuadamente. Debemos volverlos limpios, transparentes y para todos.

—¿Y qué proyecto tiene con respecto a la seguridad?

—En este tema proponemos como primera medida combatir la corrupción y el delito dentro de las fuerzas de seguridad y dentro de la política. El crimen organizado y su multiplicación, que hemos padecido en los últimos años, permanecen porque no se ha instrumentado una lucha verdaderamente seria para erradicarlos. Para funcionar, el crimen organizado necesita, repito, de la complicidad de ciertos sectores de la política y de las fuerzas de seguridad. Por ejemplo, en el Conurbano (y tenemos un estudio al respecto) el crimen organizado tiene relaciones muy estrechas con muchos intendentes. Son esos intendentes que han perdurado durante más de 20 años. Que fueron menemistas y hoy son intendentes K y que amparan a este tipo de organizaciones. Desde los piratas del asfalto a los carteles de droga o los desarmaderos. También los secuestros. Entonces hemos asumido un compromiso que incluye una gran claridad para determinar dónde está el delito y dónde la ley. No se van a tolerar alianzas políticas para asegurar gobernabilidad o cierta calma a cambio de estas terribles falencias. En este caso, es fundamental el ejemplo que se imparte desde arriba. Obliga no sólo a los oficiales y a los subordinados sino también a los políticos. Por otra parte, nuestra idea es quitarle la Seguridad al Ministerio del Interior. Consideramos que Interior es un cargo básicamente político que incluye la relación con gobernadores, intendentes, etc. y pensamos que, justamente, la Policía no debe tener relaciones políticas. Tiene que ser, en cambio, una fuerza de seguridad profesional que no tenga este tipo de relaciones. Además, el ministro de Seguridad nacional tendrá una dedicación plena ya que, actualmente, el titular de Interior tiene muchas otras obligaciones. Necesitamos un ministro de Seguridad nacional que esté a tiempo completo, que no delegue y que esté absolutamente dedicado a su área. Por otra parte, la designación del jefe de la Policía Federal se hará con el mismo procedimiento que se emplea para elegir a los jueces de la Corte Suprema. Es decir, por idoneidad y no por lealtad política o amiguismo.

—En esta designación, ¿ustedes le asignan un lugar a la sociedad civil?

—Sí, las organizaciones de la sociedad civil van a tener la posibilidad y la responsabilidad de formular sus propias observaciones como ocurre, repito, con la Corte. El jefe de Policía también necesitará el acuerdo del Senado y con esto queremos jerarquizar este cargo y obligar a su titular a rendir cuentas ante la sociedad. Este es un cambio muy importante y para la Ciudad de Buenos Aires (el distrito que yo voy a representar) pienso que el traspaso de la Policía Federal, de la Superintendencia de Seguridad Metropolitana, que se ocupa específicamente de los problemas de la Ciudad y cuenta con 15.000 efectivos, es importante. No tiene sentido duplicar estructuras. Creo que a Macri le tendieron una trampa porque la Ciudad no tiene los recursos para crear una Policía propia con un presupuesto de 1.000 millones al año, y tampoco el contribuyente vería con agrado un aumento en sus impuestos. Recordemos que el porteño ya está contribuyendo con el 25% del Presupuesto nacional.