Una votación con mucho simbolismo / La Nación

La Nación - 12 de marzo de 2004

José Ignacio Lladós

Pocas veces desde su creación, en 1997, la Legislatura porteña -y, por extensión, la política local- actuó con tanta susceptibilidad -¿temor?- y tomó tantos recaudos para despegarse de posibles críticas públicas como durante la sesión de ayer. Cualquier coma o acento que pudiera ligar al cuerpo de diputados con alguna práctica reñida con las buenas costumbres democrácticas debía desterrarse de los textos antes de que éstos fueran expuestos a una votación.

Resulta importante contextualizar el caso: aun después de las elecciones del año último, la sociedad no parece haber superado la crisis de representación política. La gente y los medios se muestran más atentos y tal vez también más susceptibles ante cada acción de un funcionario o legislador. Y los diputados lo perciben de tal manera que se esfuerzan por no ofrecer debilidades en público.
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No es falso -como llamativamente sostuvo ayer Santiago de Estrada- que más de un legislador consultó expertos para buscar un resquicio constitucional que les permitiera a los 60 diputados quedarse en sus bancas hasta 2007.

También es cierto que muchos querían acuerdos por listas. De hecho, al menos tres de las nóminas que se votaron el último año ya tenían un acuerdo privado para definir quién se quedaba hasta 2007 y quién se iba en 2005.

La verdad es que eran demasiados los que estaban de acuerdo con esta postura.

Hasta más de un líder político la avalaba. Pero el problema era cómo se la convertía en una posición presentable ante la sociedad.

“Si un líder puede determinar cómo se conforman las listas, por qué no puede decidir quién se queda y quién se va. Es la misma lógica”, opinó anteayer en privado uno de los políticos con más influencia en la ciudad.

Tiene sentido, de la misma manera que resultaría necio sostener que la Legislatura funciona igual con cualquiera de los 60 diputados.

La política implica acuerdos. Sin acuerdos, no hay leyes. Y no es indistinta la capacidad negociadora o acuerdista -dicho sin carga peyorativa- de todo el cuerpo.

El problema surge cuando los caciques, los más poderosos o quienes poseen una mejor cintura política se pasan de rosca. Si esto no sucediera, o al menos si la sociedad no creyera que esto sucede con cierta asiduidad, probablemente muchos hubieran acompañado los acuerdos.

El tema es que una parte de la Legislatura entendió que mostrar pactos habría convertido el Palacio Legislativo en la cueva de Alí Babá y los ¡60! ladrones, y esto derivó en los sorteos.

El análisis del macrista Marcos Peña resulta gráfico: “Fue un enorme triunfo simbólico contra los viejos métodos”.

El simbolismo que tanto él como cada uno de los diputados que eligieron el proyecto vencedor le otorgaron a la votación es la mejor imagen de cómo los legisladores tomaron la sesión de ayer.

Aunque los acuerdos no deben tomarse como un sinónimo de delincuencia ni mucho menos, para varios, detrás de esta discusión legislativa se escondía una batalla contra los métodos más cuestionables de hacer política. De allí la importancia que le dieron al debate.