¿Quién nos protege de los homenajes? / La Nación
13 de abril de 2004
Por María Eugenia Estenssoro
Quien mirara con ojos ingenuos o extranjeros ciertas zonas de Buenos Aires, podría creer que los habitantes de la ciudad tenemos verdadera pasión por instalar bustos, estatuas, plaquetas de bronce, monolitos u otros artefactos de variados materiales, supuestamente cargados de valor simbólico. Pero sólo sería una mirada, además de ingenua, muy superficial.
Sin embargo, es posible una mirada distinta, más atenta y también menos complaciente respecto de los espacios públicos, que están siendo atiborrados de obras de pésima concepción y peor factura que en nada respetan el diseño de la ciudad en sus distintas zonas.
Parecería que existen personas, instituciones y funcionarios atacados de cierto furor homenajeador, pues si de pronto detectan un espacio libre, sea una plaza, una pequeña plazoleta o una esquina, inmediatamente proponen la instalación en ese lugar de alguna obra escultórica para honrar a vaya a saber quién o qué. Y aunque parezca increíble, la obra en cuestión se instala. Parecería que somos víctimas de una competencia para ver quién homenajea más y más rápido.
Por eso, los porteños convivimos -si así puede decirse- con innumerables y desconocidos héroes de desconocidas batallas, con escritores, nacionales o extranjeros, que casi nadie leyó, con artistas que nunca se sabrá qué produjeron, y con instituciones dedicadas al deporte que alguna vez, allá lejos y hace tiempo, habrán gozado de algún reconocimiento público. Nunca se sabrá por qué se autorizan esas instalaciones que no responden a ningún criterio estético ponderable.
Pero es justo decir que poco o ningún interés despiertan en los ciudadanos esos monumentos, esas plaquetas conmemorativas, esas esculturas, figurativas en el mejor de los casos, surrealistas en otros. Lo que sí percibe el habitante de Buenos Aires es la polución visual que tanta producción “artística” genera en entornos concebidos para el disfrute del espacio urbano, y eso, se acepte o no, suscita indiferencia y ausencia de identificación con su ciudad. No la siente propia; la vive como ajena pues nada de todo lo que aparece de la noche a la mañana en sus calles o plazas posee significado para él.
Está demostrado que lo simbólico del espacio público está íntimamente ligado al bienestar social. La percepción que de su ciudad tiene la población está directamente relacionada con su historia personal o comunitaria, con mecanismos identitarios, con criterios de pertenencia y de construcción de un imaginario particular respecto de la zona o el barrio que siente como propio.
De ahí la importancia de que cada objeto, cada monumento o escultura que se instale en la ciudad responda al menos a ciertos criterios estéticos y de armonía con el entorno. La ciudad, lo notemos o no, está diseñada y ningún objeto debería instalarse en ella si no respeta ese diseño.
“Las personas y los colectivos necesitan identificarse con un espacio físico propio, así como con un grupo que les aporte las claves para crear y compartir su modo de ser. Es decir, necesita modelos referenciales. Lo que llamamos cultura -la cultura popular-, los valores éticos, estéticos y relacionales compartidos están en lo más profundo de los procesos psicológicos” (Enric Polet Sergi Valera - 1999)
Cuando se instala en una zona o barrio de la ciudad alguna de estas expresiones, es vista por la colectividad receptora como gratuita, como algo que modifica sus referentes pero que no aporta ningún elemento de entidad o identidad de acuerdo con aquello que valora como deseable y de lo que probablemente carece en aquel momento.
Más que identificación se genera el sentimiento de indiferencia ante la transformación de “su” espacio. Además, a la indiferencia se le suele añadir agresividad contra lo público, percibido no como lo común, lo de todos, sino como algo ajeno, algo que no vale la pena cuidar.
Por ello, es importante el reconocimiento social del ciudadano en las acciones que puedan modificar los entornos. Si la obra que se emplace posee ciertas cualidades, aun cuando el ciudadano no sea un experto en arte, percibe intuitivamente que esa obra, contribuye a mejorar “su” espacio. Se la apropia y la carga con ciertos valores simbólicos de identificación y de referencia.
Un caso paradigmático de este tipo de violaciones al entorno lo constituye el monumento al Quijote que se emplazó en Avenida de Mayo y Cerrito, en pleno centro de la ciudad y una de las zonas de mayor tránsito. Sin conocer si existió algún requisito estético para semejante despropósito, lo cierto es que desde su instalación sólo provocó en los ciudadanos críticas y burlas por lo extravagante de la propuesta.
Entonces, si hasta en el más humilde museo o salón de exposiciones existe un curador que determina el nivel mínimo de valores artísticos de una obra para integrar una muestra, ¿cómo puede ser que en la ciudad de Buenos Aires no exista un organismo que evalúe la calidad de las obras que se proponen para integrar el espacio público? Y si existe, ¿quiénes lo componen, con qué calificaciones técnicas y artísticas cuentan y sobre la base de qué criterios hacen su evaluación?
La ciudad no puede ni debe transformarse en un desván donde se depositen impunemente obras que no merecerían haber salido de los talleres donde fueron hechas. Merecemos una ciudad atractiva, disfrutable, estéticamente placentera, que mejore con el tiempo y no que empeore.
Bueno sería que dejáramos de ofrecer tantos homenajes a desconocidos y comenzáramos a ser homenajeados nosotros, los habitantes de Buenos Aires, de la única manera posible: respetando el espacio que es de todos, aunque nadie nos levante un monumento.
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