Nelson Mandela: Líderes sin frontera
Imagina que no hay más países,
No es tan difícil.
Ni causas por las que morir o matar,
Ni tampoco religiones.
Imagina a toda la gente
Viviendo unida y en paz.
Dirás que soy un soñador
Pero yo no soy el único
Espero que algún día
te unas a nosotros
Y que el mundo sea uno.
Sí, John Lennon fue un soñador, pero por suerte, como él mismo advirtió, no fue –ni es- el único que creyó en la hermandad de las personas. El libro “Líderes Sin Fronteras”, deMark Gerzon, fundador de la Red de Líderes Globales –The Global Leadership Network-, es un paso adelante en la formulación de un pensamiento filosófico y una praxis política, económica y social, que explica con maestría y sensibilidad, a través de casos reales, qué valores y qué tipo de liderazgo se necesita para crear un mundo sustentable, en el que la justicia, la seguridad y la cordura sean una realidad para todos y no una utopía inalcanzable.
Lo interesante de este enfoque es que es aplicable no sólo a quienes tienen la responsabilidad de conducir la compleja sociedad global, sino también a nuestras propias vidas, comunidades y actividades. Y como en todo, no son los otros los que deben cambiar, sino que tenemos que empezar por nosotros mismos y la manera en que concebimos el liderazgo, el poder y la acción.
“Para muchos esto no resultará fácil”, señala Gerzon en la introducción. “Requiere que aprendamos a distinguir la diferencia entre los líderes que dividen y destruyen –que nos manipulan y enfrentan a nosotros contra ellos- y a aquellos que unen y sanan”.
Mark Gerzon, fue periodista y es un experimentado mediador internacional. Sostiene que necesitamos un nuevo tipo de liderazgo basado en valores comunes: “La tecnología y la economía nos acercaron cada vez más, pero nuestros valores nos siguen separando”. Por eso él rescata a quienes define como líderes sin fronteras, personas que han elegido atravesar los límites de la propia ideología, religión, raza, y hasta dolores y prejuicios; líderes dispuestos a aprender, a ver las cosas desde otro punto de vista, a buscar el bien de todos, no sólo el de su propio clan, familia, o grupo.
Conocí a Mark Gerzon cuando vino invitado por la Fundación Cambio Democrático “¿Quiénes son los líderes de hoy que ustedes admiran?,” preguntó ante un auditorio en la jefatura de gabinete de la Nación. Se hizo un prolongado silencio en la sala. Yo pensaba para mis adentros: “¿Bush?, noooo; ¿Castro?, tampoco; ¿Blair, Berlusconi, Chirac, Aznar, el FMI, Naciones Unidas, Bin Laden, Hussein, Alfonsín, Menem, Kichner?, tampoco.” Finalmente pensé en Nelson Mandela, al tiempo que varios dijeron su nombre en voz alta: “Mandela”.
Cuando Mandela era un niño, anhelaba su propia libertad; de joven buscó la libertad de su raza; pero después de sus largos y solitarios años en prisión, Mandela comprendió que para que Sudáfrica fuera verdaderamente libre, él debía “lograr la libertad de todos los sudafricanos, incluyendo a sus opresores.”
En 1994 Mandela sorprendió al mundo cuando decidió gobernar junto a Frederik de Klerk, un político blanco, protestante, que fuera miembro de los gobiernos racistas que lo habían mantenido preso durante 27 años en una isla amurallada. En su pequeña celda, desde donde no podía ver ni el horizonte, Mandela aprendió a atravesar los muros más profundos y dolorosos, los que dividían y lastimaban su propio corazón. Allí comprendió que su misión era liderar no como negro ni sudafricano, sino como ser humano. Escribe en su libro “El Largo Camino hacia la Libertad”: “Sabía con toda claridad que el opresor debe ser liberado al igual que el oprimido. Un hombre que despoja a otro de su libertad es un prisionero del odio, y está atrapado detrás de los barrotes de sus prejuicios. … Ambos han sido privados de su humanidad. Cuando salí de la prisión, sabía que esa era mi misión: liberar tanto a los oprimidos como a los opresores.”
El mensaje de Mandela fue y sigue siendo poderosísimo, y continuará resonando para siempre en la conciencia de la humanidad. Su ejemplo revela que alguien puede actuar en un contexto muy específico y local, en este caso, la comunidad negra de Sudáfrica, pero su impacto tiene una alcance global, porque cada ser humano es la humanidad toda. Como Mahatma Gandhi, Martín Luther King y otros líderes humanitarios, el caso de Mandela revela que los valores morales y espirituales más profundos, como son el amor al prójimo, el perdón, la compasión y la grandeza de corazón no pueden estar divorciados de nuestro accionar, y mucho menos en contextos tan conflictivos, competitivos y fundamentales como son la política, la economía y la conducción de las naciones.
¿Somos concientes de esto? Nuestra cultura occidental siente una especial reverencia por los líderes y los “número uno” de todo tipo. Sin embargo, como bien sabemos los argentinos, los liderazgos pueden ser benévolos o nefastos. La propia palabra “líder” es una palabra problemática. Etimológicamente el vocablo proviene de la raíz “leith”, que significa en inglés antiguo “ir y morir”, como en una batalla. De acuerdo a su origen, liderar implica ponerse al frente de un grupo para dominar o aniquilar a otro.
En un mundo tan conflictivo como el que vivimos es evidente que si no cambiamos nuestra concepción del liderazgo, la inseguridad, desesperanza y violencia aumentarán tanto a nivel global como local. Estados Unidos destina por día 1.000 millones de dólares para su defensa, y nunca se sintió tan inseguro. La humanidad no conoció jamás tanta abundancia en cuanto a producción de alimentos, energía, productos industriales y tecnología, y sin embargo la mayoría de los habitantes del planeta siguen sumidos en la pobreza.
¿Y por casa cómo andamos?
Argentina es una nación agraciada en recursos humanos y naturales, y sin embargo se ha empobrecido década tras década por las descarnadas luchas de poder que prevalecen hasta el día de hoy.
Tal vez es hora de que empecemos a atravesar nuestras propias fronteras interiores, aquellas que más nos cuestan, las que nos separan de los otros y por ende de nosotros mismos, y que exploremos esta doble acepción de la palabra integridad. Integridad en el sentido de honestidad y verdad; e integridad en el sentido de sabernos parte de un todo, hermanados en la tarea de construir una sociedad donde todos podamos convivir respetuosamente y en paz.
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