Libertad de prensa, una especie amenazada

Como en otras épocas, la prensa independiente y el acceso a la información oficial están en peligro en nuestro país. Es ¡mportante que periodistas, políticos, empresarios mediáticos y ciudadanos hablemos abiertamente de esto, porque la plena libertad de prensa ha sido una rara avis en nuestro país.

Durante la primera parte de la década del 70 quedó atrapada entre los bandos armados, de derecha e izquierda, que se disputaban el poder a los tiros. Instaurado el golpe militar, la libertad de prensa fue una de sus primeras víctimas: centenares de periodistas pasaron a engrosar la tenebrosa lista de desaparecidos o tuvieron que exiliarse en el exterior.

Para desinformar a la opinión pública, el Proceso militar no sólo implantó la censura sino que puso todos los canales de radio y televisión bajo la tutela del Estado. También silenció a los grandes diarios con la creación de la empresa Papel Prensa, tentándolos a asociarse al Estado como accionistas. Al igual que ocurre hoy, la publicidad estatal se convirtió en otra herramienta eficaz para acallar los cuestionamientos de los medios privados.

Si bien respiramos aliviados por las libertades recuperadas en los 80, el alfonsinismo no se animó ni a devolver los canales de radio y televisión expropiados, ni a desarmar el “enroque” de Papel Prensa. Recuerdo que en privado varios funcionarios radicales admitían que si bien eso no era muy democrático “cuando se tiene el poder”, decían, “no conviene soltarlo.”

La plena libertad de prensa recién se alcanzó, en mi opinión, a fines de los 80 y principios de los 90, con la aparición del irreverente e independiente Página 12, conducido por Jorge Lanata, hoy columnista del diario Perfil y un gran excluído de la televisión actual. Recuerdo que siendo reportera de la revista Time escribí una nota contando cómo Página 12 sacó de su siesta al periodismo argentino: éste tuvo que despabilarse y salir a buscar primicias, dejando atrás el hábito de circunscribirse a las versiones y cables oficiales. Lamentablemente, Página 12 hoy sólo conserva el nombre y el formato de entonces, pero ha perdido su espíritu original.

La privatización de los canales de radio y televisión también dio un impulso sin precedentes al periodismo. Surgieron decenas de periodistas jóvenes, programas innovadaores, y muchísimas facultades de periodismo y comunicación, una de las carreras más populares en la actualidad. Sin duda, la aparición de la revista Noticias en aquellos años fue otro hito importante y me alegro de haber sido parte de su plantel de editores.

Fue ese periodismo pujante y valiente que sacó a la luz los agujeros negros que el gobierno de Menem quería ocultar: desde las valijas de Amira hasta la venta de armas a Ecuador o las coimas de IBM y el Banco Nación. También arremetió con las coimas en el Senado de la Alianza y la interminable lista de escándalos que los argentinos hemos soportado.

Hoy, lamentablemente, la libertad de prensa está nuevamente amenazada. El gobierno castiga desembozadamente a los medios independientes, negándoles publicidad oficial y, lo que es aún peor, presionando a los anunciantes privados para que no pauten en publicaciones que consideran “enemigas”, como el Diario Perfil y la revista Noticias. Sin darnos cuenta estamos volviendo a las épocas en que la versión oficial se transmitía en cadena.

Es alarmante que el Presidente y la mayoría de sus funcionarios se nieguen a otorgar entrevistas al periodismo, como si no tuvieran la obligación de responder a sus requerimientos. Es alarmante que se nos quiera habituar a conferencias de prensa donde los funcionarios hablan y los periodistas sólo escuchan, porque tienen prohibido hacer preguntas. Es alarmante que se censure en los medios estatales, que nunca debieran ser oficialistas, a prestigiosos comunicadores como Pepe Eliaschev y ahora Víctor Hugo Morales. Es alarmante que desde el gobierno se ataque, es decir, se intimide a periodistas del diario La Nación.

El gobierno ha dicho que no necesita “intermediarios con la sociedad”, descalificando reiteradamente el rol de la prensa. Pero la sociedad sí necesita escuchar una pluralidad de voces, y contar con profesionales entrenados para decodificar la información oficial y poder decir qué es mentira y qué es verdad. El monólogo es propio de los gobiernos autoritarios y dictatoriales, y no de las democracias serias.

Vivimos en la era de la información pero, paradójicamente, hemos caído en una época de gran oscuridad, debido a la sobresaturación informativa, a la televisión basura y a que una gran mayoría de las empresas informativas del mundo, no sólo de Argentina, ha convertido a esta noble profesión en un negocio más, donde la información es tan sólo una mercancía que se vende, se manipula, se distorsiona o se degrada a cambio de más dinero o influencia política.

Este fenómeno global está debilitando las libertades individuales y la conciencia cívica incluso en las democracias más avanzadas. Ya es un lugar común señalar que los ciudadanos están siendo reducidos a simples consumidores. Porque aunque el pueblo quiere y necesita saber, y pasa horas frente al televisor, cada vez está más “empaquetado” por información digitada y carente de nutrientes ciudadanos.

Son pocos los medios y los periodistas, aquí y en otros países, que siguen comprometidos con el periodismo independiente, pilar fundamental de la democracia. Dos películas relativamente recientes, basadas en casos reales, El Informante y Buenas Noches, Buena Suerte revelan cómo la prensa tiene que ser independiente por definición, y no quedar entrampada ni por la voracidad del mercado ni la dominación del Estado. Por eso quiero expresar mi profundo apoyo a todos los medios y periodistas que están trabajando con
coraje en estos momentos difíciles.