Argentina, de un Estado de Derecho a una Sociedad Conyugal

La semana pasada el Presidente Néstor Kirchner confirmó que su candidata a Presidenta en las elecciones de octubre será su esposa Cristina Kirchner y no él. Concluye así una larga espera en la que los observadores políticos estuvieron pendientes de cada gesto, palabra o silencio de la pareja presidencial, tratando de adivinar quién se postularía al máximo puesto de la Nación.

Una razón clave parece haber inclinado la balanza en favor de la primera dama, al menos es la que repiten los más allegados a la Casa Rosada. «Los Kirchner tienen un proyecto político conyugal,» explican, «y les conviene alternarse en el poder, una vez él, otra ella, para evitar el ‘bajón’ que suele acompañar a la mayoría de los segundos mandatos. De esta manera podrán mantenerse en el poder por mucho tiempo. ¡Qué distinto de las palabras de asunción pronunciadas por la socialista Michelle Bachelet quien, como flamante Presidenta, se presentó como « un eslabón más » de la democracia chilena!

En nuestra querida Argentina, vaciada de responsabilidad institucional, nos hemos habituado a disfrazar lo viejo con ropajes novedosos. En este contexto, la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner puede ser leída de dos maneras distintas. Como un fenómeno moderno, de feminización del poder y renovación política, similar a lo que está ocurriendo en muchos países; o como un retroceso hacia una estadío primitivo, casi anacrónico, de nepotismo y apropiación del gobierno por parte de un matrimonio o clan, que confunde las cuestiones de Estado con los intereses familiares. Esto es muy normal en muchas provincias argentinas, donde padres, hijos y hermanos se suceden unos a otros en el poder por décadas. ¿Ahora empezaran a incluir a las esposas, hijas y hermanas?

Lamentablemente, la sucesión kirchnerista se parece más a esta última opción, donde Estado de Derecho y Sociedad Conyugal o Familiar se entreveran como si fueran una y la misma cosa. Nadie duda de la inteligencia y capacidad política de la senadora Kirchner, pero sería irresponsable no señalar el retroceso institucional que significa que una decisión de Estado se parezca más a una decisión de alcoba.
Como promotora del liderazgo femenino, aplaudo el advenimiento de compañeras de género a los más altos cargos políticos. Pero en cuestiones de poder y mujeres tenemos que reconocer que no todas significan lo mismo. No son lo mismo Lucrecia Borgia que Isabel la Católica, como tampoco fueron lo mismo Evita e Isabel Perón.

Eva Duarte, con su obra, su palabra y su conmovedor renunciamiento a la vicepresidencia “por el bien de la República”, se ganó el amor del pueblo y un lugar indeleble en la historia de la humanidad. Isabelita, en cambio, considerada por el anciano Perón como « su mejor discípula, incluso mejor que Eva», decía, con su impericia como gobernante contribuyó a desencadenar el período más oscuro de la historia argentina. Este caso debiera alertarnos de los peligros de mezclar intereses conyugales con cuestiones de Estado.

En las elecciones de octubre seguramente dos mujeres serán las principales contendientes. El modo de « llegar » a esta instancia habla a las claras de dos formas opuestas de concebir el poder. Cristina Kirchner, primera dama, ex senadora por Santa Cruz y actual senadora por la provincia de Buenos Aires, ha aprovechados sus varios cargos, el de su marido, los servicios del jefe de gabinete y los fondos de la Nación en beneficio de su carrera presidencial. Del otro lado, la ex diputada Elisa Carrió, recientemente renunció a su banca, al salario público, a sus fueros y hasta su propio partido para llegar a la Casa Rosada desde el llano, sin privilegios, como una ciudadana común.

Durante años se le ha dicho a Carrió que no llegará muy lejos sólo con coraje cívico y compromiso moral. Pero hace unos días, Fabiana Ríos, su amiga y discípula, se convirtió en la primera mujer electa gobernadora del país, venciendo a los aparatos de Tierra del Fuego. Desde Ushuaia a Purmamarca, donde lanzamos la Coalición Cívica la semana pasada, Ríos despierta una gran expectativa entre los hombres y mujeres que anhelan un cambio profundo y no cosmético.

En el siglo XXI las mujeres políticas tenemos un mandato claro: restablecer la ética del cuidado y el servicio en la sociedad. Pero esto no es sólo una cuestión de polleras, sino de valores. Por, cuidemos las loables esperanzas que hoy suscitan con justa razón muchas mujeres como políticas y gobernantes