25 años de democracia en Argentina (10-10-08)
Sra. Estenssoro. - Señor presidente: hoy es un día maravilloso para nuestro país porque como sociedad hemos logrado convivir durante veinticinco años bajo gobiernos elegidos democráticamente por el voto popular. Si bien esta circunstancia es normal en muchas sociedades, en la Argentina nos costó décadas llegar a esa ella, porque se creía en atajos y experimentos de todo tipo para vivir al margen de la Constitución y de la ley. Esa costumbre de vivir en la excepcionalidad y en la emergencia nos llevó a una de las dictaduras más atroces de América latina y del mundo. Tal vez, fue el precio que pagamos para poder convencernos de que la democracia es el único sistema que garantiza la libertad y la posibilidad de convivir todos juntos de manera civilizada. Yo tenía veinticinco años en 1983. Todavía me acuerdo de cuando Alfonsín recitaba el Preámbulo de la Constitución en sus actos de campaña. Era una como una plegaria, como una oración que conmovía a la sociedad que empezaba a entender el significado de esas palabras, a la gran mayoría de la sociedad, que -como yo- había crecido en un país en el que los gobiernos se habían sucedido unos detrás de otro pero donde los períodos de democracia habían sido los menos. Aunque en la escuela nos enseñaban cómo era la democracia en Educación Cívica, se trataba de algo que prácticamente desconocíamos.
Me alegra pensar que a los 50 años -como muchos de ustedes-, he transitado la mitad de mi vida en democracia; esto es algo que nuestros padres no podrían decir. También, me alegra saber que mis hijos adolescentes -como los hijos de la mayoría de ustedes- han vivido toda su vida en democracia. Esto es un logro enorme para la sociedad. Sin embargo, me pregunto qué pensarían los jóvenes que se inmolaron en los años 70 al ver la condición social de la Argentina de hoy. El diario La Nación publica hoy que en la Argentina mueren ocho chicos por día como consecuencia de la desnutrición; que tenemos cifras de pobreza estructural del 30 por ciento; que 12 millones de argentinos viven en la pobreza y casi 5 millones en la indigencia. Esto es algo que los argentinos desconocíamos hace medio siglo y a lo que tenemos que enfrentarnos, también, como realidad. Por eso, esto es una celebración feliz, por un lado; pero, por el otro, tenemos esta deuda social que se agrava década tras década en vez de ir mejorando. Digo esto no para aguar la fiesta, sino para hacer un sentido homenaje a esos jóvenes que se inmolaron pensando en una sociedad mejor; en una sociedad libre pero justa e igualitaria. Todavía tenemos un camino por recorrer y esa es una responsabilidad de todos.
En 1983, el ingreso medio entre los más ricos y los más pobres -y la Argentina era una sociedad más bien igualitaria, comparada con las de muchos países del mundo- era de 14 veces.
Finalizamos la década del 80, con la hiperinflación, con una diferencia de 23 veces entre y los más ricos los más pobres; y el 2001, con una brecha de 31 veces; después bajó, pero hoy está en 28 veces. O sea, no ha bajado mucho. Hoy, la brecha entre ricos y pobres es el doble que hace veinticinco años. Por eso, hay muchos jóvenes estudiantes -como se dijo recién- que piensan que la democracia no es el mejor sistema de gobierno y de convivencia, según una encuesta hecha por el Ministerio de Educación. Esto nos tiene que motivar para hacer mejor lo que estamos haciendo, para ser mejores políticos y mejores dirigentes y tomar decisiones en conjunto que solucionen los problemas, no que los agraven. Digo esto porque muchas de las medidas que tomamos aquí, que coyunturalmente parecen acertadas, tienen su impacto en estas crisis recurrentes a las que entramos década tras década y que cada vez dejan más pobres y más excluidos.
En homenaje a la democracia, en homenaje a los jóvenes que murieron pensando en una sociedad más justa y que nos enseñaron a convivir en democracia, en homenaje a nuestros hijos y jóvenes, creo que tenemos que comprometernos a que el año que viene y los próximos estas cifras sean mejores. Nos tenemos que comprometer a que estas cifras no empeoren año tras año.
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