Reunión con Sergio Bergman (27 de noviembre de 2009)

Versión Taquigráfica

En el Salón Arturo Illia del H. Senado de la Nación, a las 11 y 40 horas del viernes 27 de noviembre de 2009.

Locutor. — Muy buenos días.

En el marco de las meditaciones en el Honorable Senado de la Nación, organizado por la señora senadora nacional María Eugenia Estenssoro, asistimos a la presentación del libro “Celebrar la diferencia. Unidad en la diversidad”, del rabino Sergio Bergman. Con su permiso, vamos a hacer una síntesis curricular.

El rabino Sergio Bergman se desempeña como rabino de la Congregación Israelita de la República Argentina. Nació en Buenos Aires en 1962. Es presidente ejecutivo de Fundación Judaica y presidente de Fundación Argentina Ciudadana. Asimismo es director ejecutivo de Red de Acciones e Iniciativas Comunitarias por la Empresa Social. Egresado de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires. Recibió su ordenación rabínica en 1992, egresando del Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall Meyer, de Buenos Aires, y del Hebrew Unión College, de Jerusalén. Es también asesor y consultor de muchas comunidades y sociedades israelitas.

En 1994 regresó a la Argentina y, a través de la Fundación Judaica, crea la escuela comunitaria Arlene Fern. Fue uno de los fundadores y miembro de Memoria Activa. Realizó distintos postgrados en universidades del exterior: Master en Educación, graduado Suma Cum Laude en la Universidad Hebrea de Jerusalén; Master en Literatura Rabínica en el Hebrew Union College; y Master en Estudios Judaicos en el Jewish Theological Seminary.

Desde su fundación, Sergio Bergman promueve: un país republicano, representativo, federal, justo y solidario; El desarrollo integral de las comunidades capital espiritual, social, valores cívicos y desarrollo económico—, preservando la dignidad de todas las personas; La existencia de políticas que consideren las necesidades de todos los sectores de la comunidad y que permitan el desarrollo de fuentes de trabajo genuinas, sustentables y dignas; El compromiso ciudadano activo con el futuro de nuestra patria. Restaurar equidad entre lo privado y lo público; Ejercer una participación y un control activo en la cogestión y seguimiento de políticas públicas.

Entre los premios obtenidos, están: Premio Konex 2008 al Dirigente Comunitario; Premio Laurel de Plata 2007, otorgado por el Rotary Club de Buenos Aires; Premio 2007 a la Vocación Académica, otorgado por la Fundación El Libro y Premio 2006 al Emprendedor Solidario, otorgado por el Foro Ecuménico Social.

Dicho esto, vamos a pedirle a la senadora nacional Doña María Eugenia Estenssoro que dé las palabras de bienvenida.

Sra. Estenssoro. — Muchas gracias a todos y todas por estar aquí. Especialmente a Sergio Bergman por haber venido hoy a darnos su palabra, su pensamiento y su sabiduría.

Quiero darles la bienvenida a este Palacio de la Nación Argentina. Cuando asumí, hace exactamente dos años, como senadora de la Nación, me enteré que los senadores y las personas que trabajan en el Senado de la Nación le llaman al Congreso “El Palacio”. Esto es algo que la mayoría de los ciudadanos no sabe, y es muy correcto llamarlo “Palacio” a este edificio. Primero, porque tiene la arquitectura de los palacios europeos, aunque es ecléctico, porque América es un continente mestizo. Pero es un palacio por su arquitectura. Pero lo más importante es que es el palacio de la democracia. Es la casa del pueblo. El palacio del pueblo, y —si ustedes recuerdan— en democracia ¿quién es el rey? Es el pueblo. Entonces, nosotros somos las reinas y los reyes de la democracia, y este es nuestro palacio.

Así que les doy la bienvenida a este palacio de la democracia de la República Argentina, y les pregunto si ustedes sienten que son los reyes y las reinas de la democracia. ¿Sienten que son quienes mandan, eligen, crean, ordenan, piensan, distribuyen y sirven? Porque un rey o una buena reina, además de mandar, tiene que servir, si no, los echan. ¿Ustedes se sienten reyes y reinas de su democracia?

Sra. Participante. — No, para nada.

Sra. Estenssoro. — Bueno. De eso vamos a hablar en este ciclo de meditaciones y reflexiones en el Senado de la Nación.

Por otro lado, también vamos a hacer un poquito de repaso de educación cívica. La democracia es la única forma de sistema político de auto gobierno. Es el único sistema político donde los miembros de una comunidad son los que deciden cómo se va a gobernar. No lo decide ni un elegido ni una dinastía, ni el enviado de Dios. Esos fueron otros sistemas políticos que existieron previo a la democracia. La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, y donde cada uno de nosotros es el rey, el soberano. Elegimos a través de nuestra Constitución nuestra forma de gobierno y de representación.

Entonces, es importantísimo que nosotros como personas y como ciudadanos recuperemos esta idea de que somos los reyes, las reinas, los auto soberanos. Porque si nos sentimos que somos los mendigos de la patria, las víctimas de la patria, ¿qué democracia vamos a construir? Una democracia devaluada.

Recién pregunté si como miembros de esta democracia se sienten soberanos, reyes, conductores de esta patria, y en su vida personal, ¿cómo se sienten? ¿Son los conductores felices, potentes de su vida o están en la lucha remándola, “y se hace lo que se puede”, “estamos angustiados, enojados, preocupados, entregados por lo que nos pasa”? ¿“Somos reyes de nuestras vidas y reinas de nuestras vidas”?

Sra. Participante. — En mi caso sí. Yo soy reina de mi vida, pero con este sistema democrático que tenemos ahora, que no es democracia, no me siento reina de nada. En mi vida sí, y lucho contra todo un sistema. Pero en este momento, con en este gobierno, no me siento representada por mis representantes.

Sra. Estenssoro. — Vamos a usar este tiempo para meditar, que es conectarnos con nosotros mismos.

Yo les voy a pedir que hagamos un pequeño ejercicio y que pensemos: esta mañana, desde que me desperté, tomé el desayuno, hablé con mi marido, mis hijos, o sola o solo, hice lo que tenía que hacer, salí a la calle, escuché la radio, leí el diario, ¿tuve palabras de bendición? ¿Me bendije? Dije: ¡qué bárbara que soy!, ¡qué buen día voy a tener!, ¡qué bien que me está yendo!, ¡qué feliz! O pensé “uy, llego tarde”, “seguramente no me va a alcanzar…” ¿Qué me dije? ¿Me bendije o me maldije? Y lo mismo con el país, cuando salí a la calle, leí el diario, qué dije: qué bárbaro, qué linda es la Argentina, me encanta vivir en Buenos Aires, todo lo que voy a poder contribuir. O dije, uy otra vez con esta gente… ¿Cómo fue? Piénsenlo. No respondan todavía. ¿Bendije o maldije? Porque pensamos que estas palabras “bendecir o maldecir” solamente los rabinos o los curas, las personas religiosas que tienen un poder con Dios especial, pueden bendecir. En realidad, bendecir significa decir “bien de”, “hablar bien de”. O sea que es un poder que todos tenemos. Todos podemos invocar ese poder y hablar bien de nosotros, de nuestro país como también podemos maldecir.

Entonces, vamos a tomarnos un minuto para pensar en estas horas que pasaron desde que nos levantamos hasta que llegamos a este lugar ¿Bendije o maldije?

–– Los participantes se toman un minuto para reflexionar.

Sra. Estenssoro. –– Si alguno de ustedes lo desea, puede levantar la mano para compartir su reflexión.

Sra. Participante. –– La verdad que estuve terrible. Para venir al Senado, tomé un taxi y cuando le dije que me dirigía hacia aquí, me preguntó si realmente trabajaba en el Senado. Ojalá pudiera, contesté. Entonces, me dijo, si es senadora ––y de las buenas––, la llevo gratis ¡Dios mío! Qué cosa, ¿no? Luego, dije todas las barbaridades que me salieron de adentro en contra de los supuestos reyes que tenemos en el poder, que no somos nosotros…

Sra. Estenssoro. ––…de los tiranos que han invadido el país.

Sra. Participante. –– Exactamente. Entonces, analicé este período de democracia y fíjese que tan mal me fue que desde el 96 no salía a un lugar como este…

Sra. Estenssoro. –– Muchas gracias por tu testimonio valiente y sincero.

Tal vez, algunos ya tengan la conciencia más entrenada. De lo que se trata es de aprender a ser reyes y reinas. Hoy han bendecido a las personas con las que se encontraron; eso es lo que Sergio Bergman realiza habitualmente como práctica.

Estas meditaciones en el Senado de la Nación tienen como finalidad aprender a bendecirnos como personas, como sociedad, como ciudadanos, como argentinos y argentinas y como porteños. Todo el tiempo oímos decir que queremos cambiar el mundo y la sociedad pero, curiosamente, siempre son los otros los que tienen que cambiar; ellos son los malos. Nosotros siempre somos, al menos, los bienintencionados, pero, en realidad, somos víctimas porque siempre hay un otro que nos impide realizar nuestra felicidad. Y ellos ––con mayúscula–– somos los políticos; ellos son lo peor de todos; ellos tendrían que unirse; ellos tendrían que prepararse para gobernar; ellos tendrían que tener una visión unificadora, moderna, generosa e informada para proponerle al país; ellos. Pero, ¿ustedes creen que los 72 senadores y senadoras, los 257 diputados y diputadas de la Nación más algunos funcionarios del Poder Ejecutivo pueden cambiar a 40 millones de argentinos? Es imposible.

Con esto, no me estoy lavando las manos porque no siempre trabajé en la política. Durante 17 años, trabajé como periodista, luego me dediqué al sector social y, finalmente, ante la necesidad que vi en el país y, además, después de veinte años de haber comenzado este trabajo espiritual ––que no sé aún si he llegado a la etapa final––, sentí que la manera de cambiar y servir era a través de la política. No obstante, estoy convencida de que primero tenemos que cambiar cada uno de nosotros, no importa el contexto. Si no soy soberano, soberana, reina y rey de mi propia vida, ¿cómo voy a poder mejorar la sociedad? Cómo lo voy a lograr si soy un cúmulo de necesidades, de frustraciones, de intemperancia, de angustia, de preocupación y de confusión. Lamentablemente, no son los otros los que tienen que cambiar; por suerte, porque de los otros no puedo hacer mucho pero de mí mismo sí puedo cambiar.

Entonces, el cambio es la autotransformación, es pensar en el gobierno a través del autogobierno. La sociedad será mejor cuando cada uno de nosotros realice ese cambio interno y pueda sostener como rey y reina una democracia más poderosa. Hay un proceso que tenemos que hacer entre nosotros ––esa es la propuesta–– y por eso estamos convocando a personas que en su vida personal hayan elegido ese camino de autotransformación para que nos ayuden a transformarnos y a transformar nuestra sociedad.

Uno puede preguntarse ¿si yo cambio, en qué cambia el país? Pero, aunque no lo crean, el cambio de una persona es poderosísimo. Por ejemplo, si en una familia hay alguien que es conflictivo, contesta de malos modales, no tiene amigos y es depresivo y, de repente, comienza a cambiar de actitud porque consigue trabajo, tiene amigos y contesta de buenos modales, todo el mundo comenzará a notar ese cambio. Entonces, si esa persona lo puede hacer, yo también. El cambio personal es poderosísimo, así como lo son el malestar personal, nuestra actitud, nuestra visión, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras palabras y nuestras acciones.

Detengámonos en el período de la presidencia del ex presidente de los Estados Unidos, George Bush. La sociedad veía enemigos y guerras, en todos lados. Ahora, con Obama, están con una visión diferente. Lo mismo sucede con cada persona. Por eso, destaco la importancia de la actitud personal; lo personal es político. Todos hacemos política todos los días de nuestra vida porque con nuestros sentimientos, pensamientos y acciones ese día podemos contribuir a un mundo mejor y a una sociedad mejor o, al mismo tiempo, colaborar a construir una sociedad peor.

En este contexto, tenemos por finalidad incorporar cuestiones que no son habituales en el pensamiento político y en el pensamiento cívico, pero creemos que en esta mezcla, en este mestizaje de conceptos, de ideologías, de culturas, de religiones y de prácticas es donde encontraremos las soluciones a lo que nos ocurre.

Sergio Berman para mi es un símbolo y representa el sello distintivo de nuestro tiempo. El siglo XXI es el siglo del mestizaje y de la integración. En este siglo ya no creemos que existan culturas superiores, continentes superiores o inferiores, religiones mejores que otras o cuestiones por las que nos matábamos hace apenas unas pocas décadas. Es verdad, en algunas regiones del mundo todavía existe ese pensamiento, pero no es el que prevalece. El siglo XX, que ha sido tan cruel y violento, tal vez lo que nos ha dejado como aprendizaje es que tenemos que aprender a convivir en la diferencia y que nos enriquecemos del pensamiento y de la cultura del otro.

He oído a Sergio Bergman decir que los rabinos y los curas tenemos que salir del templo, tenemos que ir a la calle, al encuentro con la sociedad. Además, se anima a decir cosas políticas, que son inconvenientes para alguien que representa a la congregación de un templo como el de la calle Libertad. Se anima a cruzar fronteras, a aprender de otros; es un transgresor. Pero un transgresor positivo, no violento que lo que quiere es romper sino que sabe que para construir tenemos que incorporar lo que puede aprender de los otros. Para mí esa es la riqueza de este siglo XXI, de la globalización, que tiene muchas cosas de las que tenemos que ver cómo manejarlas, pero esta idea de que podemos y estamos conscientes de culturas, religiones, pensamientos y situaciones en tiempo real, de todo lo que pasa todo el tiempo, y que no hay mejor ni peor, que la civilización o la barbarie está en nuestro corazón y no en la religión, el credo o el país donde nacimos. Entonces, ese es el sello y el desafió y la gran oportunidad que tiene nuestro siglo.

Creo que Sergio Bergman, este rabino transgresor, un poco fashion, comprometido políticamente —tiene una mezcla que es difícil de catalogar—, que dice que Jesucristo era un gran rabino, así como hay hindúes que dicen que Jesús era un gran yogui. Esta idea de poder ver al otro como algo que me enriquece, que puedo aprender, que enaltece mi tradición.

De eso vamos a hablar hoy, porque tiene muchísimo que ver con la democracia y la sociedad que podemos construir entre todos. Si creemos, además de decirlo, en lo que dijo uno de los políticos más poderosos del siglo XXI, como fue Ghandi, “Sé el cambio que quieres ver”.

Luego de esta introducción, y agradeciendo nuevamente que estés hoy acá con nosotros, le dejo la palabra a Sergio. (Aplausos.)

Sr. Bergman. — Shalom Aleijem, Salam Aleikum. La paz para todos vosotros.

En principio, quisiera reconocer y agradecer a María Eugenia, no solamente su envestidura en este ámbito como senadora de la Nación, sino fundamentalmente como un ser espiritual, pleno e intenso, que nos abre esta posibilidad. Porque esa es una de las primeras diferencias, que es el encuentro de sentido comprometido entre representantes y representados en una conversación que los argentinos hemos abandonado, que no solamente tiene que ver con nuestro reencuentro sino el fortalecimiento de nuestras instituciones por las cuales —como bien decía la senadora— el palacio de soberanía tiene que ser pacífica y amorosamente ocupado por todos nosotros en ese lugar que es el encuentro. Es todo un trabajo y un esfuerzo. Uno no pone solamente el cuerpo sino que tiene que poner el alma, y la Argentina que padecemos, de alguna manera, es esa posición de sacarle el alma a nuestro país y se la tenemos que volver a poner.

Creo que llenar de sentido y de espiritualidad, que es parte de lo que hoy vamos a compartir, le permite no solamente a los que están cotidianamente aquí sino a nosotros, que no estamos, poder estar, no solamente juntos sino definitivamente unidos. Es algo que la Argentina siempre ha buscado y apeló por la unidad, y es muy poco probable que nosotros logremos la unidad si no definimos primero lo común. Y lo común no es a costa de cancelar lo diferente, sino justamente es la idea que la unidad se da en la diversidad, pero lo común no cancela la diferencia sino que le da raíz para que bajo el mismo árbol florezcan tantas ramas como sean posibles, pero sin perder la dimensión de que la rama no se hace árbol, sino que sigue perteneciendo al árbol y que da el mismo fruto. Eso creo que es lo que como argentinos estamos, de alguna manera, buscando.

Respecto a esta posibilidad de venir a este ámbito a un ciclo de reflexiones en el Senado. Agradezco el honor que María Eugenia me concede de poder abrir este ciclo y comenzar con esta presentación. Creo que también es importante que nosotros vayamos multiplicando y convocando a todos aquellos que le podamos compartir la buena nueva que en un lugar que nos parece que no es nuestro, estamos invitados, que es un espacio en el cual no se construye solamente a partir de lo que es visible, que son las confrontaciones en deliberaciones en las cuales ni siquiera se puede promover, legislar, ya que ha quedado vaciado de sentido la función. Hay que volverla a activar la función y eso no tiene que ver con las personas, sino con toda la Nación. Si nosotros no vamos a trabajar junto con nuestros representantes a volver a darle al Poder Legislativo poder de legislar, creo que tenemos una responsabilidad nosotros también.

Entiendo que ese cambio empieza por este tipo de asociaciones lícitas. Las otras son públicas y notorias, pero las lícitas están todavía pendientes y hay que construirlas y trabajarlas. Por eso creo que es muy importante que ustedes sepan que en realidad no es la presentación del libro como tal, sino que es la ofrenda del libro a este espacio de las reflexiones en el Senado, que es de alguna manera donde yo me siento honrado de poder hacerlo, pero fundamentalmente me parece que tenemos que recuperar esta iniciativa. Que una senadora nos invite a reflexionar en el Senado hace una diferencia y creo que merece ser celebrado. Pero como también decía María Eugenia, ella no está al servicio del ego, sino justamente esta convocación de servicio al prójimo y a la Nación. Algo que también tenemos que ponerle rostro y debida proporción. No hablamos de la Argentina… nosotros vamos siempre a las abstracciones y no vamos a la dimensión concreta de que nadie te pide que cambies toda la Argentina, pero que sí te hagas cargo de la Argentina que sos. Nosotros fugamos por el atajo del análisis diagnóstico y editorial de lo que sucede en la realidad de otros, sin darnos cuenta que somos nosotros, en lugar de asumir la responsabilidad, que no es ser culpables, pero sí responder por lo que nos sucede, porque tenemos participaciones necesarias y omisiones que también son pecados en las cuales siempre tenemos la capacidad de reparar y restaurar en nuestra humanidad esa capacidad que es hacer lo humano que decimos que somos.

En ese plano, creo que el esfuerzo que tenemos como argentinos es volver a darle humanidad a la Argentina en la proporción de lo posible para cada uno y en el espacio que uno construye y habita, y que evidentemente esto genera —pienso— como un doble camino, un doble vínculo. Uno es de asumir la potencia de lo que podemos y queremos. Eso es muy importante, porque la gente dice “¿y cómo vamos a hacer? ¿Y de dónde va a venir? “Y no va a venir de otro lugar que no sea de vos”, la verdad es esa. Y eso hay que asumirlo, en esa potencia, que es lo que nosotros llamamos la espiritualidad. La espiritualidad es eso, que a veces se confunde lamentablemente con el dogmatismo o inclusive la religión. La religión es una de sus manifestaciones, pero no es la única expresión. Creo que las religiones no se devalúan por compartir el mundo de lo espiritual con otras manifestaciones sino, al revés, se potencian como legítimas opciones. Cuando las religiones se imponen como la única expresión de espiritualidad, la gente fuga.

Entonces, la gente se pierde la espiritualidad por el hecho de que nosotros muchas veces desde las religiones intentamos como monopolizarlas. Es decir, si querés espiritualidad, tenés que venir donde estamos nosotros, y en realidad la espiritualidad está en todo lugar donde está la gente, que tiene que asumirla como un atributo de su esencia y no como un atributo del distribuidor o el representante. Eso no forma parte de una mercadería, sino de una esencia humana, y creo que en ese punto no es bueno ni sano ni imputarle a las religiones la totalidad de la espiritualidad, ni tampoco por lo que hicieron las religiones a lo largo de la historia cancelar la potencia espiritual. Porque las religiones son instituciones hechas por personas. O sea, eso lo tenemos que asumir como una restricción. Pero la visión espiritual es potente y universal. La visión espiritual y su ejercicio nos hace humanos. De alguna manera, restaurar nuestra humanidad es sólo posible a través de desplegar la gran diferencia que podemos hacer entre que venimos y nos vamos. Porque el hecho de que seamos humanos siempre es algo que está por verse, no se trata de ese mamífero sofisticado que somos al llegar, sino lo que fuimos y lo que hicimos que quedara cuando ya no estemos. Entonces, a cada uno en su singularidad se le abre una gran oportunidad entre la eternidad de la que venimos y a la que vamos para saber cuánto podés contribuir desde tu humanidad en pos de humanizar este mundo.

Por eso creo que a medida que somos más sofisticados y los siglos avanzan, a veces, caemos en la trampa de la ilusión de pensar que ese avance también es un avance espiritual y de la humanidad y, de alguna manera, se ha verificado que no es tan lineal. El avance de los tiempos no hace que la humanidad progrese y el éxito que podamos tener en determinados aspectos materiales y tecnológicos no asegura el crecimiento espiritual; que sigue siendo un desafío para todos nosotros como humanidad. Fíjense que interesante porque cuando uno se pregunta por qué suceden las cosas que suceden, uno, aun sin ser creyente o hasta siendo un creyente nominal y no practicante que tiene tantas críticas a la Teología y a la religión, al primero que imputa es a Dios. Si Dios existe, cómo puede pasar todo esto, dicen. A su vez, se acude a Dios más como un seguro de caución que como una revelación en la creencia. Siempre está para explicar lo inexplicable o las cosas que no suceden como uno quiere.

En este sentido, una posición espiritualmente potente y universalmente aceptada es escuchar de Dios no la respuesta de por qué pasa lo que pasa sino la pregunta que es dónde estás vos. Eso es lo que nos hace universalmente humanos: los que no creen, tienen que contestar por sí mismos sin escuchar la pregunta y los que creemos, escuchamos las preguntas y contestamos en el vínculo. Dios en el encuentro siempre es un diálogo. Dios no quiere de nosotros la obediencia, sí quiere la fidelidad y el temor reverente de la conversación. Esas conversaciones nos hacen seres creyentes y religiosos y permiten no solamente la comunicación con lo trascendente sino ––algo que creo que es más importante aún–– la revelación. Cuando uno dialoga, le da entidad al otro y cuando le da entidad al otro, se manifiesta. Uno de los problemas más profundos de la crisis espiritual de la sociedad argentina es la alienación del otro en la enajenación del vecino. Para nosotros, prójimo es únicamente el próximo y prójimo es todo hermano aunque no lo veamos.

Entonces, tenemos que volver a descubrir el rostro del otro y cuando uno hace eso no solamente convive sino que coexiste. Es muy importante pasar de la convivencia a la coexistencia en términos de que convivir también lo hacen los animales, por ejemplo. Convivir es estar viviendo juntos en un tiempo y espacio. En cambio, coexistir ya no solamente es vivir con el otro, sino otorgarle al otro existencia, un cambio espiritual o de dimensión ontológica. Como dicen los jóvenes, que tienen un lenguaje tan sabio, “vos no existís”; estás, pero no existís.

Entonces, hay que volver a darle existencia a la entidad del otro como otro. Esto es algo muy relevante porque sólo a través de esa existencia del otro como otro, existo yo. Recuerden que somos seres sociales y culturales, que nos constituimos en nuestra identidad en el reflejo de la construcción coparticipada de la interacción con otros. Nadie en la soledad vive y de a uno uno se muere. En cambio, al integrarse a un pacto social de reciprocidad con otros en la existencia, de alguna manera se logra asumir que no solamente está el otro y estoy yo, sino que hay algo que suma en la exponenciación ––que ya no es uno más uno––, y en ese espacio entra una dimensión trascendente que es lo que percibimos en la experiencia humana de muchas formas. Una de las más concretas ––que la Argentina reclama–– es la experiencia del amor. El amor, justamente, no es un encuentro de a dos sino que es una multiplicación de ese encuentro para darle entidad a algo que está más allá de esas dos personas que se encuentran; no solamente compete al aspecto biológico, sino que abarca un cambio de entidad. Por eso, es diferente el amor y amar que el querer y poseer. Nosotros muchas veces queremos tener y poseer a nuestra Argentina y no dejamos espacios entre nosotros y ella para que haya una dimensión trascendente.

En términos espirituales y universales, este no es un tema confesional ––porque, además, la libertad de conciencia es una garantía constitucional––, sino que es un compromiso espiritual de la Constitución para todos por igual, que creo que es lo que tenemos que recuperar.

¿Cómo hacemos para tramitarlo? Respecto del tema puntual de qué significa celebrar la diferencia, en el libro lo comparto desde una mirada de ofrenda más que en términos de saber o erudición. Lo que trato de hacer con este libro es compartir fundamentalmente algo que empezó siendo muy urgente que fue el manifiesto cívico de la Argentina ciudadana. Tal como lo manifestó la senadora Estenssoro, en el estado de colapso, desintegración, falta de esperanza y de futuro que ocurre en el país, uno tiene que responder con los temas más urgentes. Para no repasar la historia de 200 años que estamos por empezar a celebrar, recordemos el número y el ciclo bíblico de siete años. Hace siete años fuimos convocados. En 2001, con el colapso y la desintegración social perpetrada por lo que entiendo que fue una especie de golpe cívico corporativo de la política argentina ––es discutible, por supuesto–– en el cual todos nosotros fuimos actores de reparto y extras pero, al mismo tiempo, cómplices y negligentes partícipes de gritar sólo por lo sagrado que sabemos defender que es el bolsillo, el interés personal, el bienestar o porque tenemos una tragedia, salimos juntos a participar de algo que ahora tenemos que recapacitar y reflexionar. Y más que nunca en estos tiempos porque encontramos analogías y simetrías entre los dos tiempos: 2001 y hoy.

No se puede destituir a quien elegimos constitucionalmente sino a través de un mecanismo justamente establecido en las reglas del juego que son las instituciones de la Constitución. A nosotros nos gana el espíritu, el fastidio, la disposición pasional, hormonal, efímera, volátil y catártica de salir a reclamar ya que nos arreglen los problemas sin importar si esa solución está dentro del marco de la ley o de las instituciones porque tenemos urgencia personal y existencial de tener una respuesta a nuestro problema.

No voy a decir que por eso así nos va, pero deberíamos analizar como participamos en los procesos de construcción de la sociedad como comunidad, que todavía no es. Vuelvo a insistir, no es para flagelarnos ni, mucho menos, para hacernos cargo de todo, pero creo que, de alguna manera, deberíamos reflexionar porque ese mismo clamor sigue vigente. Sin embargo, así como uno puede ver la parte mala ––si se quiere––, podemos rescatar la parte positiva y es que empezamos a madurar un cambio cultural que va a llevar más tiempo de cocción y de elaboración que el calendario electoral o las angustias existenciales.

El trabajo de educación en valores y transformación cultural por su naturaleza requiere de dos requisitos: ejemplaridad y generación. La generación de algo nuevo que, en general, lleva el tiempo y la ejemplaridad en términos de no estar pidiendo al otro que lo haga sino que lo tenemos que hacer nosotros fundamentalmente por nuestros hijos. Ellos son los observadores permanentes de las brechas entre lo que decimos y lo que hacemos y los auditores contables porque se dan cuenta todo el tiempo de nuestro doble estándar basado en nuestra hipocresía cívica. Yo sé que para hablar de “ellos”, que además nos olvidamos que los elegimos, hay un material infinito. Aparte, en el tiempo que nos toca uno no sabe si eso es ciencia ficción, cuentos de terror, pero hay material infinito. El tema es que lo que se hace imperioso, desde el punto de vista espiritual, es hablar de nosotros entre nosotros. Porque desde ese diálogo es donde proviene el cambio. Nosotros evadimos esa conversación por varios motivos, que no sé si es necesario hacer la enumeración, y necesitamos coraje y valor para afrontar esa conversación que no es coyuntural sino estructural. No es de superficie, es profunda.

Entonces, la otra dimensión que es que se llega a una generación introduce la dimensión del tiempo y sólo los que tienen paciencia, además de ser esa ciencia de la paz, de saber cultivar, generar, para poder cosechar, requiere paciencia y sabiduría. Cosa que los argentinos nos cuesta mucho asumir como parte de nuestro desafió. Nosotros confundimos en el proyecto existencial las oportunidades que la vida nos da en términos de trascendencia con la vorágine del vértigo de la posesión que nos hace perder muchas veces nuestra esencia. Nosotros estamos convencidos de que trascendemos por lo que tenemos y no por lo que somos, y sin que se depriman les quiero recordar que así como sabemos que venimos y nos vamos, todo lo que tenemos lo dejamos. Por lo tanto, mientras estamos hay que bendecir y agradecer. Pero si nos aferramos sólo al tener, nos vamos a perder. No es que vamos a perder lo que tenemos, eso está garantizado que lo vas a dejar, sino que vos te vas a perder en eso también. Lo que no significa no trabajar por ello, sino al contrario: trabajar lo suficiente para que con el digno sustento, trabajo y legítimo esfuerzo obtener. Uno no pide un renuncia, sino conciencia, que no es lo mismo. Conciencia del tener. Algunos tienen conciencia del tener, bendice y agradece, no lo toma nunca como un derecho adquirido. No es que me corresponde tenerlo, es una gracia y un don tenerlo. Luego de que uno lo tiene, no se confunde porque sabe que si tiene todo eso, y sólo eso es lo que es, se va a cancelar y lo vas a perder. Entonces, ¿qué hacés? Trabajás una alícuota, una justa proporción, en el ser, tener y ser. Y el ser es el trabajo más importante que tenemos nosotros, que sólo es posible de desplegarlo desde lo espiritual. Otra vez vuelvo a la referencia de que lo espiritual es esa energía que nos permite a nosotros ser.

Por lo tanto, ningún ser humano puede renunciar a su potencia espiritual, independientemente de su visión de lo que cree, lo que importa al espíritu es lo que hace. Y esa acción de desplegar lo espiritual requiere tres o cuatro atributos muy importantes que tenemos que recuperar. El primero de ellos es disciplina. Ahora como que vamos a hablar de la contracultura de lo argentino, pero es parte de lo que venimos a reflexionar. Si no hay disciplina, no es que no se puede ser exitoso. Hoy en la Argentina se puede ser exitoso sin disciplina, pero no el éxito profundo, sino el volátil del tener. Pero el éxito profundo de trascender, necesitás disciplina. Necesitás al mismo tiempo un gran ingrediente de conciencia de poder asumirte como una minoría transformadora. Y no esperar la aprobación ni tampoco la firme convicción que si vas a donde van todos, estás en el lugar correcto, sino que vas al lugar que crees que es correcto donde vos tenés que ir, porque sabés quién sos y de dónde venís, entonces, podés proyectar dónde vas. Pero si te perdés de tu raíz, entonces te llevan y no vas. Y no vivís, sino que sobrevivís y durás. Uno puede durar en el tiempo y puedo sobrevivir a los años, pero vivir con intensidad sólo es con sentido. Sentido en el doble término de adónde vas y sentido de lo que sentís. Un poco lo que María Eugenia preguntaba: “¿vos te sentís soberano de vos?”, “¿vos realmente te sentís con esa potencia que este día va a ser una diferencia?”, y en este trabajo, que es tan importante, agregás ahí en la lista que ser una minoría transformadora te suma a los que hacen el cambio. No hay ningún cambio en la humanidad que lo hayan hecho sino minorías. Luego las mayorías, por su naturaleza que son consumidoras, consumen el cambio. Pero si tenés que cambir, tenés que estar inscripto en esa minoría.

Por último, necesitás los atributos de amor y trascendencia. Nada cambia sino es a través del amor. Cuando digo cambios, no me refiero a los cambios que vienen de afuera, sino los que vienen de adentro. Por eso la famosa máxima —como bien decía María Eugenia— de nuestro rabino y maestro común y compartido que fue Jesús, que dice “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Ese punto también es muy importante: no se puede ir al prójimo sino con lo que uno es. No se le puede llevar al otro lo que uno no tiene y no se puede buscar afuera lo que no hay adentro. Por lo tanto, para amar al otro tiene que haber amor dentro de uno. La diferencia de amor asimismo como egoísmo, ya que el ego al ser más grande nos hace más pequeños, el amor en uno mismo es la expansión de la conciencia que uno reconoce amorosamente el milagro de la existencia. Porque todos somos hijos del amor, además de Dios y de nuestros padres. Somos producto de un proyecto de amor. Y estar en este mundo, además de ser un don por estar, requiere reconocimiento a quienes desearon que estemos en un proyecto de esperanza y de convicción que el amor lo puede. Si vamos al tema de las estadísticas, con dos dedos de frente y siendo sensatos: ¿quién puede traer un hijo a este mundo? ¿Y por qué lo traemos si la cosa está tan complicada? Porque estamos convencidos de que el amor todo lo puede. Porque nosotros estamos convencidos de que a través de los hijos, nosotros seremos. Seremos recordados, seremos amados y seremos continuados. No me refiero a lo biológico, me refiero a cualquier proyecto en el cual uno adopta esa función amorosa de continuidad, y al mismo tiempo porque por amor nosotros venimos, pero también por amor nos quedamos cuando nos vamos. Todos aquellos que aman y son amados aún cuando parten quedan, porque la muerte no destruye el amor, destruye lo físico y causa dolor por la pérdida, pero cuando hay amor, hay intenso dolor por lo que perdemos, pero al mismo tiempo está la semilla de la eternidad de lo que no muere.

Por último, justamente la idea de la trascendencia, que es tan importante para el emprendimiento de hacernos humanos, que es: qué estás dispuesto a empezar que no vas a terminar; qué estás dispuesto a dar que no te vas a llevar; qué estás dispuesto a sembrar que no vas a cosechar, y eso requiere en la trascendencia grandeza. No es otra cosa que lo que hicieron nuestros próceres y abuelos inmigrantes, entre otros. O sea, no hay ninguna fórmula muy secreta acá, pero es esa. Que no se olviden que en sus tiempos les resultó muy difícil, pero en su trascendencia tienen mucho espacio y mucho lugar. Nosotros queremos al revés, tener todo fácil ahora y suicidar la trascendencia. O sea, liquidarla en términos de decir “todo ahora”, “dame ya”, “dame dos”, “me lo llevo”, “lo tengo”, sin esfuerzo, en general traicionando valores, y sin dar el ejemplo. Todo lo contrario, diciendo lo que no estás haciendo: zafando. Y eso da grandes y prósperas ganancias en el corto plazo que después se pierde.

En otras palabras, cuando nosotros les enseñamos o decimos a nuestros hijos que todo lo que hacemos nosotros lo hacemos porque nos sacrificamos por ellos, les mentimos. Porque no lo hacemos por ellos, lo hacemos por nosotros. En nombre de ese sacrificio, que en realidad es una inmolación estéril, porque cuando nosotros decimos “mirá, yo no me puedo ocupar ni de estar ni de escuchar, porque yo estoy muy ocupado para tener, para que vos… y yo lo hago para vos, para que en el futuro tengas todo lo que merecés. Si nosotros a nuestros hijos les damos las cosas sin los valores y las virtudes para lograrlas, perdemos dos veces: no incorporan la virtud y todo lo que le dejamos, lo van a perder. No hace falta que les recuerde experiencias familiares y otras donde algunos hicieron mucho y los que siguieron perdieron todo, no por coyuntura sino por una cuestión de estructura en la cual se toma todo por adquirido, como que así tiene que ser, como que nos tienen que proveer en lugar de que sea uno mismo el que lo tenga que lograr.

Por eso es tan importante cambiar el paradigma del éxito por el de la virtud. Estamos formados bajo el paradigma del éxito. A la Argentina también le sucede eso. La Argentina necesita menos éxito y más virtud. No me pondría tan contento en términos de anunciar que por la riqueza natural, la prosperidad y la potencia del país, estamos condenados al éxito. No estamos condenados al éxito porque no tendremos ninguno si no estamos dedicados y consagrados a la virtud. Como bien enseñaba José Ingenieros, el problema más serio que tenemos como país es justamente la mediocridad y la mediocridad no viene de los malos; lamento informarlo. Los malos trabajan muy bien y esto se puede corroborar en nuestro país. No son para nada mediocres en su maldad, son totalmente eficientes, tienen una performance y una convicción inaudita para hacer el mal. Además, tenemos una admiración por la gestión del mal porque más allá de que nos duela lo que hacen, quedamos fascinados porque los argentinos, en general, queremos ser campeones y no jugadores. Por eso hacemos un juego con las reglas y para un argentino un gol con la mano vale doble. No estoy haciendo ninguna referencia a ningún personaje, pero desde la tribuna festejamos doble esas actitudes por la viveza de hacerlo así, con la trampa de profanar el reglamento y la ley. Pero esta es una cuestión cultural, no es una crítica puntual.

Tenemos que regresar a las esencias para rectificar los valores de la cultura para así llegar a otras actividades, incluidas las que se realizan en este ámbito; la política es una manifestación cultural de lo que somos los argentinos, a veces amplificada, pero, por lo menos, visible.

Entonces, cuando ves todo lo que ves y te quejás de todo lo que te quejás, tenés que revisarte. Porque, además ––como decíamos antes––, lo elegís. Yo sé que no lo votas, pero resulta que una de las reglas de la democracia es que la primera minoría electoral te provee del representante que es tuyo también, aunque no lo hayas votado. Lo mío es elemental pero, créanme, que espiritualmente genera una transformación. Al que se fue elegido, aunque no lo hayamos votado, le tiene que ir bien para el bien común, lo que no significa que lo logre haciendo lo que quiere, sino haciendo lo que debe en la medida que la sociedad no festeje las trasgresiones ni las profanaciones de las instituciones y de la ley. La sociedad está a disposición para cogestionar con el representante y para velar para que lo haga siempre en el marco de la ley.

En este punto creo que viene el cambio, el switch, en el que uno no dice que es exitoso porque hace lo que quiere, sino que pasará al principio de la virtud. Este principio es mucho más trabajoso pero profundamente transformador porque la virtud es en definitiva lo que permite el éxito. Es diferente el éxito trascendente que el éxito de la corta ganancia en la coyuntura del corto plazo en lo que nada trasciende. Si no, revisen la historia argentina y se darán cuenta de que los que parecían tan exitosos porque hacían tan bien el mal, los recordamos no solamente con un triste pasar sino que hasta nos olvidamos. El problema que tenemos ahora es que hay algunas cosas que empezamos a extrañar, y eso habla de nuestro deterioro y de nuestra calidad institucional porque se trata de cosas imposibles de extrañar.

Los argentinos estamos acostumbrados a glorificar e idolatrara a los que se mueren porque mientras viven no les damos las mínimas consideraciones. En ese sentido, al doctor Raúl Alfonsín, de bendita memoria, lo recuerdo en términos de lo que dio como contribución, a pesar de los errores que cometió que no hay que tener vergüenza de decirlo. Él nos convocaba a mi generación, que es la que entró a la política y a la construcción cívica, con el preámbulo de la Constitución diciendo que con la democracia se come, se educa y se cura, algo tan elemental pero, a su vez, muy importante.

¿Por qué es importante volver a esos lugares? Porque, otra vez, tenemos que reconocer que en 1983 no teníamos las virtudes cívicas para sostener la democracia. Porque nos tiraron la democracia por la cabeza por un fracaso de un programa totalitario que canceló su ambición de continuidad por la Guerra de Las Islas Malvinas. Discúlpenme por estos pantallazos groseros y reduccionistas, pero los menciono porque tenemos pendiente la construcción interna y el fortalecimiento de las virtudes ciudadanas. Sin eso, no hay éxito. Gracias a Dios, festejamos 26 años ininterrumpidos de democracia electoral ¿Y ese es el proyecto de la Nación? No, es necesario pero no suficiente. La Nación es muy clara: democracia para elegir, república para gobernar.

Entonces, ¿qué vamos aprendiendo? Actualmente, el argentino promedio de buena voluntad y sensato no discute la democracia para elegir a nuestros representamos. No lo discutimos, lo que sucede es que a veces nos fastidiamos, nos olvidamos y la cancelamos como ocurrió durante el lapsus que tuvimos en 2001 que no hay que volver a cometer. La democracia la tenemos que sostener porque nos hará virtuosos. Si vos querés que esto que pasa hoy se termine mañana porque está todo mal, te equivocás seguro. La pregunta es ¿cómo hacemos para sostener esto que está mal, de manera correcta?

Entonces, en términos de virtud tenemos que pensar que si nos llevó 25 años ––que es una generación–– construir esta democracia, quizás tendremos que esperar otra generación para lograr construir una república. Ahora, cuando uno en democracia reclama república no es destituyente, ni mucho menos de derecha, es del justo medio de la ley y plenamente instituyente; no porque sea una idea mía ni de la senadora, lo dice la Constitución, que es la ley, lo sagrado de la virtud.

Y esto, ¿de dónde se aprende? Fíjense que voy migrando de lo macro de la sociedad del país a lo íntimo y personal porque estoy convencido que todo eso macro se resuelve en lo micro, no como camino de redención de la Nación sino como camino de la redención de tu argentinidad, de tu ciudadanía y de tu lugar. Y la escala es de a uno por multiplicación de muchos hasta lograr la minoría transformadora para el cambio.

Entonces, con amor y con trascendencia, con el insumo de una generación, uno, desde la ejemplaridad, podrá lograr la continuidad. Cuando a nuestros hijos le imponemos el paradigma del éxito muchas veces los condenamos al fracaso porque, además, se dieron cuenta que por una cuestión de estadística todos exitosos no vamos a ser. A su vez, los padres exitosos dejan menos margen a los hijos para que lo sean porque el mandato y la carga son exponenciales.

Entonces, hay que pasar del éxito a la virtud. Nuestros hijos pueden aprender que el éxito rápidamente es competitivo, porque para ser exitoso tenés que estar por encima de otro, la mirada es externa y no interna, tiene símbolo de exposición y de status y tenés que gastar una energía permanente en mantener lo que ya tenés porque, de lo contrario, vas para atrás. O sea que las probabilidades de frustración son enormes. La virtud no es competitiva, todos podemos lograrlo. No hay que poner ninguna energía en sostenerlo y, al mismo tiempo, es lo que queda de nosotros porque somos recordados por nuestras virtudes.

Fíjense que cuando alguien fallece se tiende siempre a hacer una ponderación exaltada y esto no significa que uno se olvide de las cosas malas pero, ¿por qué ocurre esto? Porque el amor se conecta con la virtud y la virtud asegura la trascendencia. Entonces, volvemos a las cosas virtuosas del ser que no está, que es lo que le da continuidad y eso es lo que tenemos que recuperar 200 años después.

De los 200 años tengamos quizás cien años perdidos; que cada uno ideológicamente ponga los cien años perdidos donde quiera, el balance le dará igual. La pregunta es si podemos recuperar la virtud de los buenos cien años logrados porque no está ni todo perdido ni hicimos todo mal. En algunas cosas nos equivocamos. Si tenemos tradiciones de cinco mil años, no nos vamos a desesperar por los primeros 200. El problema es no perder los próximos cien. Pero para ello hace falta un atributo adicional que proviene también del amor y de la trascendencia que es la capacidad de soñar. Si intentamos ahora cerrar los ojos y soñar el país en cien años, no hace falta que les de un minuto para intentarlo porque no les va a salir. Porque estamos atrapados en la coyuntura. Porque estamos de alguna manera encadenados a la emergencia. Porque estamos estratégicamente condicionados a que no hay salida y no vamos a poder, y el que no puede soñar es el que no tiene futuro. No se trata de adivinar, sino de poder soñar, y hace falta soñar también con los ojos abiertos. Porque eso hace a la diferencia de la ilusión de esperar que alguien lo haga por vos y la esperanza de hacer tu mínima contribución para que nos acerquemos un poco más al sueño que sos en la traducción de la promesa en el proyecto. Promesa sin compromiso es ilusión, muchas veces malversada por el carisma del caudillaje fácil que tracciona ilusoriamente a los seguidos que no son ciudadanos, sino justamente seguidores, y lo que la Argentina necesita son ciudadanos. Ni opositores ni esclavos, ciudadanos. Porque tampoco es lícito que todo aquel que tenga un pensamiento crítico e independiente sea tildado de opositor, ya para oposición tenemos a quienes hemos elegido. Pero todo lo demás, todos los buenos que no hacen nada y que son tan malos para la Argentina, que era lo que diagnosticaba José Ingenieros como los mediocres. Los malos que no son mediocres, y los buenos que son idealistas utópicos, que tampoco son mediocres, que son denostados por ingenuos por el resto de la sociedad. ¿Y la gran mayoría argentina qué es? Los buenos que no creen en nada y no hacen lo mínimo suficiente para que el bien prospere, por lo tanto, son mediocres, y la Argentina está en una crisis profunda de mediocridad. No es de maldad, porque la fuerza espiritual —como enseñan todas las tradiciones— frente al mal nunca es combatirlo ni oponerse, quien se opone al mal, lo perpetúa. Al mal solamente se lo puede trabajar bajo el principio de la dilución del mal en el bien. Porque mal va a haber siempre. Entonces, ¿qué tenemos para hacer? Multiplicar el bien. Todo nuestro trabajo es multiplicar el bien, bajo el principio de la sabiduría espiritual y de la virtud, el amor y la trascendencia.

Entonces, el final que siempre es el principio, porque eso también tiene que ver con la contribución del libro, les voy a dar dos últimos pequeños secretos míos en este ámbito casi íntimo que María Eugenia nos ofrece en el Senado.

El primero de ellos es que este libro es un libro muy pero muy importante para mí. (Risas.) Ojalá les sirva a ustedes también, pero para mí era muy importante escribirlo. Porque es de alguna manera mi manifiesto filosófico y espiritual del que provengo y al que voy donde le da sentido a las cosas que hago. Yo creía que era necesario dejar constancia de que las cosas de coyuntura en las que me involucro, como cada uno de nosotros todos los días, no se pierden ni se deforman por lo que otros dicen que sos y hacés, sino por la convicción que tenés si tenés claro adónde vas, y esto es adónde voy.

Entonces, es como una pequeña constancia de mi brújula. Yo por eso también agradezco a María Eugenia la generosidad, no solamente lo que planteó y dijo respecto a lo que particularmente hago, sino que yo formo parte, teniendo el privilegio de ser rabino, no sólo de mi comunidad origen, sino de la sociedad argentina, de una gran cantidad de referentes invisibles, que no son ni tan mediáticos, ni tan excéntricos, ni tan transgresores ni tan fashion, le agradezco el cumplido. (Risas.) Pero que son los que sostienen el mismo paradigma, por eso mi vocación es siempre de servidor en nombre de los que están trabajando en la Argentina eclipsada que nosotros no siempre vemos, pero que existe. Porque eso está sucediendo, hay que aprender a mirar con los ojos cerrados abriendo los del alma. Por lo tanto, tenés que evitar alguna dosis de televisión, radio y diarios para empezar las buenas noticias que la Argentina tiene todos los días. Un trabajo editorial y espiritual del diario virtuoso de los argentinos.

Y lo segundo, que también es muy relevante, es dejar constancia explícita de mis maestros. Lo más importante para mí que el libro tiene son las notas. Les di tres o cuatro tips sobre el tema del libro. Primero hasta la página 39 tiene la introducción filosófica de todo el libro, después lo que tiene es la explicitación didáctica sobre la bajada a temas específicos. Pero lo más relevante, por lo menos para mí, es compartir con el lector dónde leí y de quién aprendí lo que soy. Porque eso es muy importante y lo aprendemos de las tradiciones orientales. Las tradiciones orientales nos enseñan estos principios: primero, nuestros mayores nunca son viejos, siempre son ancianos sabios; nadie dice ni es nada, sino a partir de sus maestros; el alumno en Occidente en general lo que usa es bibliografía, la cita de lo que dijo alguien conocido anteriormente que vos venís a innovar y a mejorar y a superar en tu contribución académica. Por lo tanto, lo que está implícito es que el alumno debe superar y reemplazar al maestro. Mientras que Oriente lo que hace permanentemente es reverenciar al maestro, porque eso dignifica al alumno, no la competencia, sino la virtud. No la sustitución, sino la continuidad. No el reemplazo, sino justamente el legado de que uno forma parte de una cadena que no se interrumpe, y a la que pertenece de sabiduría. Porque eso tiene que ver con el misterio de la humanidad y del ser espiritual. No es saber, sino ser. Para no ser sólo inteligente, sino profundamente sabio. Y quien es sabio, sabe que esa sabiduría no le pertenece, sino que es un vehículo y es un canal.

Entonces, celebrar la diferencia desde ese punto de vista es mi vocación de continuidad y de servicio en reconocimiento a mis maestros, ya sean textos o personas de las que aprendí con la vocación de servir. Por lo tanto, los invito a que todos y cada uno de ustedes se transformen también en servidores de la celebración de la diferencia. La diferencia es una gran oportunidad de aprender y ver lo que una sociedad es capaz. Decime lo que una sociedad, una comunidad, un grupo hace con la diferencia, y te voy a poder decir cuánto traduce los valores en virtudes. Cuánto cierra la brecha entre lo que dice y hace. Cuánto es comunidad esa sociedad. Creo que tenemos un enorme desafío y una enorme potencia que es disponernos espiritualmente a celebrar la diferencia.

Este libro no estaba previsto para el contexto de la Argentina que tiene hoy, porque es como si fuera la antítesis. No es de coyuntura el libro, sino de estructura, aunque parece que está escrito para hoy por lo que nos está pasando. No hay nada más contradictorio de lo que leemos todos los días en los diarios que propone celebrar la diferencia, pero es la manera de escribir un diario diferente a partir de ese crecimiento espiritual. Por eso mi gratitud y reconocimiento a todos ustedes por esta oportunidad a la convocatoria de las reflexiones y meditaciones en el Senado, porque las dos cosas son sumamente importantes. Reflexionar es volver a ser flexible, lo que parece rígido y terminado. Es volver a darle plasticidad y flexibilidad a aquello que nosotros tenemos capacidad de transformar. Por eso es tan importante reflexionar. Es parar un instante para ver adónde vamos, quiénes somos. La meditación, que es una práctica recomendable y saludable, yo diría imprescindible, es no pensar en nada para aprender profundamente sobre todo, y reencontrarnos con nosotros para poder estar al servicio de otros. Una necesaria pausa espiritual donde no perdemos tiempo, sino que lo ganamos en sentido, en amor y en servicio.

Muchísimas gracias por esta oportunidad, y quedo a disposición. (Aplausos.)

Sra. Estenssoro. –– A continuación., pasamos a la ronda preguntas.

Sra. Participante. –– Me interesó mucho lo que usted manifestó respecto de que el mal es eficiente y también, de alguna manera, puro en esa manera de ser. En realidad, no sabemos si esto que consideramos que está mal es realmente malo o si es una necesaria parte de un proceso de transformación en el que un gran sector de la sociedad, que tiene otros valores, conforma la puerta necesaria para que venga este otro cambio que estamos esperando. Entonces, ¿cómo puedo mirar eso que me parece mal y obrar bien allí? ¿Cómo puedo iluminar allí, cómo puedo construir a partir de como lo pienso? Pienso en Cristina, pienso en ellos.

Sr. Bergman. –– Trataré de no extenderme porque preguntas de este tenor ameritan una larga charla.

En realidad, es parte de la frase que todos conocemos. En el Talmud los sabios nos enseñan el principio que dice que todo lo que el Señor pone en tu camino, transfórmalo para bien. Para nosotros, según el refrán popular sería: no hay mal que por bien no venga. Justamente, cuando uno dice que no hay mal que por bien no venga, significa que hay que hacer venir el bien. Es decir, el mal es una oportunidad de aprendizaje al cual le podemos ofrendar el bien en respuesta pero es una oportunidad. En ese sentido, cuando decimos que en nuestro país muchas de las cosas suceden por obra del mal, lo que nos tenemos que preguntar es qué bien podemos ofrendar en reacción a ese mal y no, justamente, pensar que por denunciar el mal vendrá el bien.

Entonces, es muy importante esta idea que es totalmente contracultural al imaginario colectivo argentino que expresa que no tengo que hacer nada, sólo denunciar o sólo esperar”. Lo que tenemos que hacer es construir el bien, hacer el bien común, es decir, hacer mucho más común el bien que el mal y hacer que el bien no sea sólo para vos sino para todos. Este es un trabajo difícil, entiendo, pero ese trabajo que parece difícil nos dejará un poco más tranquilos, en el sentido de hacer lo que tenemos que hacer y no estar todo el tiempo viendo lo que hacen otros.

Este camino está escrito en la Constitución. Esto que estamos hablando está en la Constitución, pero como somos ignorantes de la Constitución, pensamos que la Carta Magna es un artefacto para lo que vienen a trabajar acá, para los abogados o para la clase de Instrucción Cívica del secundario o para recitarlo como loros si es que lo aprendimos sin entenderlo. En realidad, la Constitución es una enorme herramienta de crecimiento espiritual, es increíble pero es así. Si uno lee la Constitución como lee la Biblia, o alguna otra escritura, se obra justamente el milagro. Es muy importante la dimensión del milagro porque el milagro obra y ocurre si uno tiene la apertura para conectarse con el él, no bajo la idea de ver los efectos especiales del milagro sino, justamente, para ver el efecto espiritual que hace que el milagro sea milagro.

Puede sonar inviable, pero piensen que el bien común está plasmado y los derechos de todos están inscriptos y reglamentados. Además, tenemos una herramienta superpoderosa para obrar ese bien común que se llama el Estado. No me refiero al Estado en el estado en que se encuentra, sino al Estado tal como está prescripto en la Constitución que no es una estructura de vaciamiento para quedarse con lo de todos, sino que es una herramienta de gestión del bien común para arbitrar entre todos las partes con el objeto de que todas tengan una parte. Esto no significa que tengamos que ponernos en el lugar del empresario, ni que el Estado tenga que ir a competir, intervenir o substituir. Tampoco nosotros, como sociedad civil, podemos reemplazar al Estado, al contrario, tenemos que colaborar con el Estado para su función.

Entonces, estas pequeñas cosas responden tu pregunta. Es decir, al mal hay que ofrendar el bien; esto no es imposible. Creo que el ejemplo que dio la senadora es nuestra matriz. Lo de Gandhi era improbable y fijate lo que lo que sucedió en la India.

Sra. Participante. –– Buenos días. En primer lugar, quiero agradecer al rabino Bergman y a la senadora Estenssoro por invitarme a este espacio de reflexión en mi lugar de trabajo. Mi nombre es Guadalupe y practico Budismo desde que nací. La verdad es que gracias a la charla que nos dieron pude reflexionar mucho sobre la responsabilidad. Como argentinos o como personas siempre estamos echando culpas y, entonces, culpamos, castigamos y nunca nos hacemos responsables de que esto que somos es lo que soy yo; es algo completamente instalado en nuestra cultura. Por eso, me quedé con algo que se mencionó aquí acerca de asumir la Argentina que soy y no criticar la Argentina que somos.

La realidad es que, por decir un nombre, Cristina es también mi Argentina y también es parte de mi vida. Como budista vine a este país a cumplir una misión y en esta vida que tenga, con el tiempo que tenga, mi misión la tengo que encontrar en este espacio en el que estoy, con esta Argentina, con esta Cristina y con todos nosotros.

Entonces, tendríamos que empezar a reflexionar acerca de nuestra responsabilidad en los espacios más mínimos como son el entorno de trabajo y la familia. Por otra parte, también sería importante comenzar a pensar en las diferencias, de todo tipo, que marcamos. Hay muchísima discriminación: negros, judíos, homosexuales, se tienen que morir todos, que se vayan todos. Es decir, existe un alto grado de violencia en esas palabras y la verdad es que gracias a que somos cada uno lo que somos podemos crecer. Por suerte, no pensamos todos igual. Hay un principio budista que es itai doshi que significa: distintas mentes con un mismo objetivo, con un mismo propósito. Lo que hace ese mismo propósito es que cada uno sea distinto.

Finalmente, quiero agradecerles enormemente porque me voy muy satisfecha de este encuentro.

Sr. Participante. ––Personalmente, tengo mucho background y formación científica intensa porque soy médico. Vengo de una familia en la que mi madre es católica y mi padre judío; por lo cual, salí ateo. Me ha costado mucho creer en valores espirituales como existencia de la espiritualidad. Creo que empecé a cambiar un poco cuando tuve mi primer hijo. Con los hijos uno abre la ventana a la posibilidad de tener un amor con menos egoísmo que el que tenía antes y eso te abre una puerta a algo distinto. Igualmente, sigo sin creer en la existencia de una deidad y de religiones, pero sí he abierto la puerta para la posibilidad de algo espiritual. Y coincido con María Eugenia y el rabino Bergman en la posibilidad de empezar a hacer el cambio desde uno, y la posibilidad de transformación de ese cambio. Creo que somos más los que creemos en eso. Incluso entre todos los buenos que no hacen nada, creo que seguimos siendo muchos más que los malos, pero creo que lo que sí falta es un punto de encuentro, donde esa gente que cree en la posibilidad de transformar la sociedad a partir del cambio de uno mismo, pueda empezar a multiplicar. Porque si uno no se encuentra, no va a poder empezar a multiplicar nunca nada.

Nada más que eso.

Sra. Estenssoro. — Me gustaría responder a esta reflexión que hace Roberto, que es un médico, voluntario, y trabaja en mi equipo desde hace más de un año. Y bueno, vos sos la respuesta. Vos dijiste “¿Qué puedo hacer yo por la Argentina?” Y colaborás, donás tiempo, para que nosotros en mi equipo tengamos información valiosa sobre salud. Entonces, el problema es que estamos dispersos o que nunca estamos pensando qué es lo que yo puedo hacer, cómo puedo contribuir. Creo que ese es el cambio que tenemos que hacer.

Por otra parte, quiero hacer una aclaración respecto de esta minoría transformadora. No es una minoría iluminada. Esas minorías iluminadas han sido a lo largo de la historia de la humanidad absolutamente peligrosas y nefastas. La minoría autotransformadora es la idea que quienes crean que haciendo el bien, siendo buenos, eso se puede poner en el espacio público, y creer en eso, no ser cínicos, no ser ciudadanos o personas en el mundo, en el espacio público cínicos, desesperanzados, sino todo lo contrario, inocentes y virtuosos, que es todo un aprendizaje y una decisión. Hay mucha gente en la Argentina y en el mundo que han comprendido esto. Este es el gran cambio también del siglo XXI, que ya no se necesitan mediadores o hay que ir al templo o la iglesia solamente para realizar lo espiritual. Lo espiritual son esos valores universales en los que todos creemos porque están en nuestro corazón, y cuando los hacemos práctica diaria, que es lo que tal vez lo de oriente es diferente a lo de occidente, no es creer en un credo o leo filosofía o religión, pero después mi vida no tiene nada que ver con eso, sino que esos textos son una práctica de vida, porque eso es lo único que le da sentido. Eso es la espiritualidad cívica y humana, puesta día a día. Hoy somos minorías, pero en algún momento vamos a ser el 51 por ciento de la sociedad y de la humanidad, y el mundo va a ser lo que puede ser, porque tenemos todo a disposición. Está ahí. No lo vemos, porque creemos en otras cosas. Entonces, esa es por ahora la minoría autotransformadora, pero no es iluminada. No tiene esta vocación de imponer nada a nadie, sino de autotransformarse y así cambiar la sociedad.

Participante. Quería preguntar la diferencia entre disciplina y disciplinado.

Sr. Bergman. — Te digo a lo que yo me referenciaba cuando hablaba del tema de disciplina. No en términos de ser disciplinados por ser obedientes a un orden que te imponen, sino de tener una capacidad de sostener en el tiempo aquello que vos te proponés. Yo lo entiendo de esa forma.

Una disciplina, una autodisciplina, es esa fuerza interior en la cual uno no deja de hacer aquello que sabe que tiene que hacer, porque al mismo tiempo tiene la vocación de hacer ese camino y no llegar a destino. El tema no es llegar, sino caminar. Entonces, sólo aquellos que entienden que el camino es el fin y no el lugar al que hay que llegar, pueden mantener una disciplina. Porque si no, vos te ponés ansioso y decís “cuándo llego, cuándo llegó”, y no, acá el tema es caminar. Porque nosotros somos en el camino. Por eso también Jesús decía “yo soy el camino”. No te dice “yo soy adónde tenés que venir”. Dice “llegás a mí, caminando hacia mí”. Entonces, ahí las disciplinas creo que tienen que ver.

En cuanto a la espiritualidad en este sentido siempre se sostuvo sobre la disciplina, porque no resuelve un problema, sino que ayuda a transitarlo. Porque no es que uno adquiere una coraza, una dimensión por la cual sale de este mundo terrenal… Porque eso no es la espiritualidad en términos más subgenerales. Los más sabios y formados espiritualmente justamente neutralizan ese padecimiento de la existencia terrenal, porque tienen sabiduría adquirida de cómo transitarlo. Pero están acá. El espíritu para mí es como análogo a un músculo: todos venimos con él, el problema es que hay que ejercitarlo para que no se te atrofie. Hay que entrenarlo. A veces, nosotros confundimos el trabajo disciplinado de ir al gimnasio todos los días con lo estético y no con lo ético. O sea, al gimnasio hay que ir para tener salud, porque es muy importante cuidar la salud del cuerpo. El cuerpo es un regalo preciado, que es un don que tenemos y hay que cuidarlo. No hay que desestimarlo, pero tampoco idolatrarlo, porque nosotros no somos el cuerpo, sino somos en el cuerpo. Para la espiritualidad no hay botox. Hay entrenamiento y trabajo que nos embellece. Y eso también es muy importante hacerlo, porque un día vos cuando tenés alguna dificultad, una crisis o una cosa terrible, pensás que te podés levantar a la mañana y correr una maratón de 42 kilómetros, y no se puede. Uno para correr 42 kilómetros se tiene que entrenar. Y a veces las conversaciones sobre estas cosas son entre corredores de 100 metros y el trabajo es de 42 kilómetros. Entonces, vos preguntale a alguien cómo hace para correr 42 kilómetros. Porque vos lo ves el día que corre la maratón, pero no ves todo el trabajo para correr esos kilómetros, que implica levantarte muchos días, empezar a correr de a uno, de a dos, de a tres, vas a tener que cambiar tu alimentación, hacer una cantidad de cosas para sostener 42 kilómetros. Y no sos un ganador de la maratón, porque el maratonista sabe todo el trabajo que es llegar a correrla, donde él ya ve el logro de llegar a correrla. Y pongo este ejemplo didáctico del deporte como para que lo traspases a cualquier práctica de orden de tipo espiritual. Nosotros lo que queremos es el fast track, los 100 metros llanos y no los 42 kilómetros, y que te digan exactamente cómo hacer y, es más, si conseguís quién corra por vos, mejor. No existe. O sea, la disciplina es un entrenamiento interior.

Participante. — A mí me quedó eso que dijiste sobre que no es una minoría ilustrada. Creo que la sabiduría está en todos, y lo que estoy practicando ahora es convocar a conversaciones. Creo que nos faltan conversaciones. Conversaciones más importantes. Yo vivo en el interior y pertenezco al sector agropecuario y…

Sra. Estenossoro. — ¿Tu nombre?

Participante. — Perdón. Soy Juana Pereira Iraola, vivo en Pehuajó y —como dije— vivo en el campo. Y a partir de…

Sr. Bergman. — Como Manuelita. (Risas.)

Participante. — Exacto. Y hemos empezado a hacer conversaciones, casi con sistema de café, y la sabiduría está en los grupos, en las personas, en encontrar la sabiduría de todos conversando desde lugares más profundos.

Mi interés es llegar a hacer esto en la Municipalidad. Todavía he tenido ciertas dificultades, pero creo que la intención la mantengo. Y veo en empresas y en gente que lo está haciendo, que cuando la gente se reúne a tener conversaciones, surge una sabiduría mayor y eso es mi aporte a cultivar esas conversaciones.

Participante. — Mi nombre es Daniel Villa. Yo soy presidente del Centro de Graduados de Derecho de la UCA y lidero un movimiento ecuménico universitario, y quería hacerle una pregunta a Sergio con respecto a esta minoría transformadora, que realmente es necesaria para el cambio. En cuanto al trabajo en red, en compromiso ciudadano, que nosotros ya lo venimos haciendo en nuestro movimiento, quería saber ¿qué nos podrías aconsejar? Porque también citando a la señora que me precedió en el uso de la palabra, es muy importante poder unirnos en red, tanto los estudiantes y graduados universitarios con los distintos protagonistas de la Argentina y también intergeneracionalmente. ¿Qué nos podés aconsejar al respecto?

Sr. Bergman. — María Eugenia lo decía antes y es muy importante que quien hoy es un representante y está en la función de senadora de la Nación, planté la necesidad de que hayan conversaciones y conexiones que permitan justamente volver a darle no legalidad, sino legitimidad a esa representación empoderada por las conversaciones entre las partes. Que no es sólo entre los pares que son representantes, sino justamente la conversación que está pendiente, que los representados y los representantes tenemos que volver a reasumir un reconocimiento recíproco, donde primero nosotros, los ciudadanos, no podemos cometer la negligente generalización de decir “es todo lo mismo”, “son todo lo mismo”, “está todo mal”. Porque en esa posición, es donde nos suicidamos como país. Entonces, hay que tener moderación, prudencia y humildad y pensar que si hay algunos que evidentemente se manifiestan como malos, suponemos que en algún otro lugar habrá otros no tan malos o buenos con los cuales nos tendremos que ir a reforzar ¿Por qué? Porque cuando alguno de nosotros cruza la línea en representación, antes de ver como le va a ir lo abandonamos porque como nuestro nivel de intermitencia es cada dos años, no entregamos representación sino delegación. Es decir, damos un cheque en blanco para que hagan con nosotros lo que quieran y dentro de dos años premiamos o castigamos, en lugar de participar todo el tiempo para que hagan lo que prometieron. Recuerden que se jura por Dios y por la Patria pero se trabaja bajo el juramento de haber asumido un compromiso con el jefe, con Dios y con la Patria, en ese orden.

Como expresaba la senadora Estenssoro, en democracia el jefe es el pueblo. El jefe se tiene que presentar para exigir que cumplan con una buena gestión. Es decir, se trata de un trabajo de disciplina que no tenemos. En el marketing electoral consumimos candidatos bajo el supuesto de lo menos peor en lugar de lo mejor y no hay una sola discusión política de visión compartida de lo que queremos hacer. Ahora, ¿qué tiene que ver esto con lo que vos preguntaste? Que esa conversación proviene de una red de redes ¿Quién podría venir en nombre de los ciudadanos a hablar con nuestros representantes? Lo más cercano a una legítima representación de los representados es articular red de redes Es decir, convocar a todos aquellos que quieren conversar en un nuevo management del bien común que es articular redes.

Por lo tanto, tenemos que ser claros: el paradigma del siglo ha cambiado porque la revolución es una evolución, no una confrontación y esa evolución espiritual ilumina también a la política. En Argentina ciudadana planteo un concepto que me lo han rechazado sistemáticamente ––, salvo los amigos como los que están acá–– que es la idea de espiritualidad cívica ¿Qué es la espiritualidad cívica? No es más que esto, es desplegar de la espiritualidad la construcción de tu ciudadanía para poder después discutir las cuestiones concretas y terrenales, en las que tendremos visiones diferentes y problemas sin resolver. Pero para ello, primero debes empoderarte espiritualmente.

La construcción de esa nueva política, que la veo como una base espiritual, implica una manera distinta de construir política y poder. Tenemos que reivindicar estas dos palabras porque son dos palabras denostadas, censuradas y descartadas equivocadamente. Entonces, la pregunta es, ¿cómo se construye el poder? Con una red de redes. De ahora en más el poder no se podrá construir más por afiliación vertical. La frase síganme que los voy a defraudar no es propia de un personaje, alude a una cultura y esto es así. No hay ninguna posibilidad de que sigamos a alguien, tenemos que tener a alguien que libere lo que todos creemos que vamos a sostener juntos. No es vayan y hagan, sino vayamos juntos a hacer cada uno desde una función.

Entonces, si es por verticalidad de afiliación, no prosperará porque ahora el mal está tan bien organizado que acá el que levanta la cabeza se la cortan. Por eso no hay que poner ese paradigma para estar todo el tiempo buscando quien se le anima. Olvídense, no funciona así. Hay que ver si todos juntos nos animamos. Entonces, aparecerá quien se anime emblemáticamente en nombre de todos nosotros. Pero, como nosotros no vamos en contra de sino a favor de todos, no va a andar porque no hay nadie que lo pueda hacer solo y el que se vaya a ofrendar, lo inmolarán porque el que tiene una compulsión psicopatológica a tener un enemigo, y si no lo tiene lo fabrica porque sino tiene un síndrome de abstinencia, necesita fabricar enemigos.

Los que queremos construir positivamente, proactivamente, pacíficamente, amorosamente y trascendentemente un proyecto de Argentina, no podemos ir y ponernos en el lugar equivocado. Eso tiene que correr por cuenta y orden del que tiene el problema, en este caso no político sino psicopatológico.

Entonces, propongo que activemos la red de redes porque esta idea que propone el participante sirve para generar un cambio cultural de la sociedad civil. No pensemos que la sociedad civil está exenta de las cosas que criticamos a la política partidaria. Somos lo mismo, diferentes pero lo mismo: hay protagonismos, miserias personales, si voy yo, si vas vos, quien va a hablar, quien va a ser, los sellos de goma. Hay de todo, no es que nosotros estamos y el único problema está del otro lado, es un problema cultural.

Entonces, busquemos los lugares de encuentro y propongamos un trabajo simétrico. Cuidado, una red no significa que no tenga gobierno, no implica que todos los nodos tengan una asimetría anárquica y caótica. Una red tiene un sistema de coordinación. Entones, hay que crear sistemas de combinación de red para ponerlo en red con nuestros representantes ¿Qué mejor red tenemos nosotros ––vuelvo a la Constitución–– que el proyecto federal? Pero la red no funciona porque seguimos siendo unitarios y feudales.

Entonces, si querés construir una red de redes, los ciudadanos en las provincias tenemos que ir a ver a los respectivos gobernadores y decirles que no traicionen ni a la Patria ni a sus provincias en el vasallaje de venir de rodillas a Buenos Aires a pedir la riqueza que generaron y que se le han apropiado bajo el supuesto que lo hacen para que no le incendien la provincia.

Hay que recordarles que incendiar las provincias de a una, es incendiar todo el país y la manera de evitarlo es mediante la resistencia. Los gobernadores deberían hacer un plebiscito para saber como reacciona el pueblo en caso de que se les seque la caja; además de la sequía que ya hay. El pueblo puede confrontar contra el gobernador o contra el cajero que se quedó con lo de todos ellos. Con el plebiscito, por lo menos, el gobernador no traiciona a su pueblo porque será el pueblo el que prefiera entregarlo para cobrar a fin de mes.

Por otro lado, si el pueblo resiste y la gente se convence de que a veces es mejor no cobrar en la provincia porque el jefe se quedó con toda la plata ––un acto cívico y patriótico mucho menos confrontativo que salir a la calle a pelear––, entonces, volvemos a recuperar una red de redes que en este caso estaría formado por las propias provincias. Necesitas tres gobernadores que se planten para iluminar a la sociedad con un proyecto federal. Pero acá no hay cuatro gobernadores que se planten, acá todos negocian de a uno. Eso lo tenemos que revertir también.

Sra. Estenssoro. –– La última pregunta por favor.

Sra. Participante. –– Creo que lo que ustedes plantearon hoy es fundamental para poder salir de donde estamos. Si cada individuo no está convencido de tener su fuerza interior, priorizar su espiritualidad y darse cuenta que lo material pasa y no nos llevamos nada, esto no va a cambiar.

Soy doctora en Medicina, oncóloga. Soy católica, no fundamentalista del catolicismo, y tengo varias fundaciones oncológicas. Además, ejerzo la docencia en la Universidad Católica y desarrollo tareas de investigación en el CONICET. Personalmente, tengo que luchar todo el tiempo contra una enfermedad bastante cruel y lo hago con mucha fuerza. Estoy muy segura porque estoy del lado del bien todo el tiempo, no para luchar contra el mal porque, como manifestó el rabino, no podemos destruir el mal porque existe; el bien va a tapar el mal. Lo que pasa es que como ellos son mucho más vivos y son desalmados, actúan más rápidamente. Pero no son más, sino que son más vivos en la maldad y la maldad es más rápida que el bien.

Quiero compartir una experiencia con ustedes. En el día de ayer, desgraciadamente una de mis pacientes fue asesinada en Derqui Si bien la gente de lugar gritaba y lloraba, la noté paralizada, sin reacción. O sea gritan en el momento y al día siguiente ya están pensando que a la mujer la mataron porque era de noche. No sé si me entienden. A pesar de ser católica admiro mucho a Nitsche y me gusta el fuerte de Nitsche, ese que expresa que no hay que estar todo el día lamentándose. Pero. Verdaderamente, cuesta mucho inculcar a cada persona ese concepto.

Particularmente, incursioné en política porque me fascina la política y porque creo que hay gente honrada y honesta en ese ámbito. No estoy de acuerdo con que todos los políticos sean corruptos, parece que elegí mal el partido ––realmente el mío está tambaleando––, pero creo que el centro de esto es el cambio interior, y lo podemos hacer. Yo no estoy hablando todo el día de esto con mis pacientes, pero con mis pacientes, con mis alumnos, con los que me rodean, con los que están con mis fundaciones, y ahí va a ir el cambio. Pero uno después recibe el golpe, como el de ayer, y ahí queda todo.

Vos, María Eugenia, sos un ejemplo de política, realmente te admiro desde que estás en esto, y usted rabino también es una excelencia de persona. Pero cómo se puede hacer para sacar a esa gente diezmada por el dolor de esa nube que en que quedan. Porque es todos los días esto.

Sra. Estenssoro. — Primero, esa gente somos cada uno de nosotros. No es esa gente que está diezmada por dolor, sino que nosotros participamos y compartimos esas situaciones. Entonces —como dijo el rabino—, el camino es la llegada. Si uno está realmente en ese camino de que “hoy hice lo más que pude”. Puede que sea mejor, pero lo que yo pude me da felicidad, aún en momentos de dificultad. Estoy segura que si a un paciente lo pudiste salvar o acompañar, eso te da una enorme felicidad y amor. O por más que se te muer: si en ese momento vos pudiste estar cerca de esa persona y que sienta tu servicio, tu cariño y tu amor, eso te realimenta, y hay ese encuentro de esa comunión. Eso es lo más importante. Ya tampoco es tan importante si vivió o murió, sino si tuvo ese momento de comunión. Porque esa es la comprobación de nuestro espíritu.

Entonces, si a nosotros todos nos viene abajo, es que necesitamos fortalecer nuestro espíritu. La virtud no es que yo soy bueno, porque es lindo y es más bueno ser bueno, sino porque me va fortaleciendo y voy recuperando mi poder. Las virtudes son nuestros trofeos y sobre lo que construimos nuestro poder personal interior. Es interior, no se consigue en ningún otro lado. No es por ser senadora, presidente, ministro o multimillonario. He hablado con un montón de multimillonarios últimamente y decían “hagan algo”. Pero ellos cuándo se van a parar de pie. Es en momentos difíciles cuando hay que pararse, decir y conducir. Ser líder no es solamente ser genial para hacer negocios y ganar plata, ¿cómo puede ser que tengan millones en el banco y no se animen a pararse de pie? Te doy un ejemplo de lo que les pasa hoy a los empresarios, pero que nos pasa a todos como sociedad.

Entonces, tenemos que fortalecernos interiormente para no ser esa gente que está con una nube, que es lo que nos está pasando. Pero cada uno cuando siente que ese día hizo su pequeña y enorme contribución, es esa luz que está encendida y que les muestra a otros en cómo prender nuestra luz y no dejarnos llevar por la oscuridad.

Sergio: te quiero agradecer tanto este momento que hemos compartido. Me gustó la palabra “conversación”. Desde hace seis años aproximadamente con mi grupo político, que muchos son militantes, partidarios desde que son chiquitos, otros son profesionales y ciudadanos que se quisieron incorporar a la política y no tenían una militancia partidaria, algunos son del partido comunista, otros son peronistas, otros son de derecha, otros de izquierda, pero todos los viernes, desde hace seis años, dedicamos tres, cuatro o cinco horas a conversar como seres humanos, porque sentimos y creemos que no vamos a poder darle a la sociedad lo que no somos entre nosotros y si no gastamos, perdemos ese tiempo, de saber cómo está el otro, quién es el otro, y de fortalecer, darnos ánimo… Ánimo es alma, abrir nuestras almas, dejar el trabajo técnico, político, la discusión de quién va a ser el presidente, quién no va a ser, el partido, si Lilita… Dejar todo eso y abrir nuestras almas y encontrarnos en comunión, y eso nos permite trabajar juntos y atravesar situaciones a veces difíciles que las podemos atravesar. Muchas veces la gente me dice “¿cómo se aguantan todo eso?” Y bueno, uno tiene que tener el alma encendida. De eso se trata.

Y esta conversación que empezamos hoy y que continuará con Bernardo Stamateas, que es un maravilloso pastor evangelista. Lo íbamos a hacer el viernes que viene, pero tenemos el lanzamiento de la Coalición Cívica en la Ciudad de Buenos Aires, así que luego les vamos a confirmar por e-mail la nueva fecha y el nuevo horario. Pero este inicio de conversaciones es para que podamos encontrarnos y practiquemos la espiritualidad cívica para que nos fortalezca como príncipes y princesas. Tal vez ahora nos sentimos un poco mejor que cuando empezamos. No sé si ya somos reinas y reyes, pero sí príncipes y princesas de nuestro palacio de la democracia. Nos sentimos más príncipes y princesas; más soberanos de nosotros mismos. Bueno, estas conversaciones tienen ese sentido.

Agradezco al personal del Senado, a los taquígrafos, a mi marido y compañero político, que también cree en todas estas cosas y a todo el equipo de trabajo. Si se quieren parar, para que vean quiénes son los políticos que también se animan a abrir el corazón y la cabeza. (Aplausos.)

Por último, decir que la Argentina es un país maravilloso y generoso. Es verdad que tiene a veces frases de discriminación, pero yo soy boliviana, llegué acá a los 4 años, de padre y madre boliviano, y sin embargo hoy soy senadora de la Nación. Me dio todas las oportunidades. Entonces, hay de las dos cosas, y en este aprendizaje que les estamos proponiendo es mirar lo bueno que hay. La Argentina tiene muchísimo. Claro, vemos la versión de los medios, de la política, de pensar con las mismas categorías, y entonces nos perdemos de ver el milagro de esa Argentina que ya está de pie y que está esperando que nos pongamos juntos, que estemos juntos, que nos pongamos de pie y que creamos —porque eso leí en tu último libro, Sergio— que hay creer para ver. Ese es el cambio: hay que creer para ver. No es ver para creer como dicen los científicos. Es creer para ver. Cuando uno cree en algo, eso se manifiesta.

Muchísimas gracias. (Aplausos.)

Son las 13 y 30 horas.